LA PUTADA

LA PUTADA

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Hoy explicaré algo que me sucedió hace mucho tiempo. Una de esas cosas, que en su momento tocan los huevos, y que forma parte de esas pequeñas derrotas diarias que todos sufrimos.

Iba en mi coche al trabajo, cuando me encontré en medio de un atasco, justo en una subida. Por prudencia, dejé cierta distancia entre mi vehículo y el de delante, cosa que a la postre, fue desastroso. En un movimiento de la caravana, la conductora del vehículo de delante, perdió el control y el vehículo vino derecho hacia mí, que aún no había iniciado la marcha. La fuerza de la inercia, hizo que me hiciese añicos los faros y arrugase parte de la carrocería, sus desperfectos aparte.

Como corresponde a seres civilizados, nos apartamos a un lado para no entorpecer el tráfico y nos intercambiamos los teléfonos, para hacer el parte por la noche, en los hogares. Y así nos despedimos.

La señora que conducía el vehículo que chocó contra el mío, llamó primero. Ella no, su marido, que con mucho aplomo me dijo:

—Usted no guardaba la distancia de seguridad, —a lo que pensé, que si algo más de seis metros no es distancia de seguridad, que coño lo es, y siguió—, de todas maneras es usted quien ha golpeado por detrás.

En aquel momento, me arrepentí de haber sido tan cívico y de no haber requerido la presencia de un policía antes de apartar los coches. De hijos de puta está el mundo lleno. A pesar de que me negué a hacer un parte amistoso y ante mi compañía dije que yo no había sido el culpable, desde aquel momento sabía que me tocaría pagar el arreglo de mi coche, y de que me habían jodido bien. Me lo comí con patatas.