HORIZONTES DE GRANDEZA

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El otro día cumplí un sueño, asistir a la proyección de The big Country, por aquí Horizontes de Grandeza, del gran Willian Wyler. Es un film que debo haber visionado una treintena de veces, más o menos, cada año la rescato de mi videoteca y, aunque la edición en dvd no es de las mejores, disfruto de esta maravillosa historia sobre un hombre que, llegado del mar, decide aposentarse en Texas, con todo el choque cultural que ello conlleva. Historia aparte, lo que me ha llevado a verla tantas veces es su potente banda sonora; me encanta la música que compuso Jerome Moross para la ocasión. Para mí resulta imposible separar la música de las imágenes, del conjunto del film en general; los planos, el montaje de estos, las miradas de los actores, los largos silencios, pues los silencios musicales, muy bien ubicados, forman parte de la composición musical y son fundamentales en el desarrollo de la historia y en el cómo se cuenta esta historia.

Cuando digo que cumplí mi deseo de verla proyectada, quiero decir que siempre había visto este film en vídeo y que deseaba verlo como se merece, en una pantalla de cine, un buen cine, hay cines cuya pantalla es ridícula, en todo su esplendor, acompañado de espectadores vocacionales, amantes del cine como acto social, en el que se comparte una experiencia narrativa y se produce una respuesta respetuosa (una exclamación, un comentario, un deje de emoción) para con tus compañeros accidentales de viaje en aquel momento único e irrepetible. Superada mi sorpresa inicial, había olvidado lo que era ver una película en copia de 35 mm, con todo el ruido que ello conlleva, color desvaído en algún fotograma, ralladuras propias del paso del tiempo, ese fondo que acompaña los largos silencios…, disfruté todas y cada una de las deliciosas imperfecciones del pase. Esta experiencia compartida me hizo ver detalles que me habían pasado desapercibidos en la treintena de veces en que había visto el film en solitario y que se me hicieron visibles al complementarse mi punto de vista con el de los otros espectadores que poblaban la sala. Cada una de las reacciones de estos enriquecía mi visón del film y ampliaban mi universo.

El film, cuyo título original en sí mismo, es una broma que adquiere todo su sentido conforme se desgrana la historia y se desarrollan las relaciones entre los personajes autóctonos y el forastero, es un brillante western atípico en lo que se refiere a la relación que se produce entre el forastero y el entorno. El guión, rico en matices muy bien expresados por los actores, como la música, es extraordinario por lo que se dice y por lo que no se dice, por sus elocuentes silencios en torno a lo que no debe ser dicho explícitamente. Wyler, como hace en toda su filmografía, no rehúye tocar temas controvertidos, tales como la violencia de género, el racismo o la utilización inconstitucional de los mecanismos para mantener el orden social al servicio del poder. En cierto modo, este film me recordó The quiet man, por aquí  el hombre tranquilo, de Ford; los que conozcan la historia sabrán el porqué. Ambas historias, desde mi punto de vista, son las dos caras de una misma moneda.

Os animo a darle una oportunidad a este film, a ver más películas en salas y a los que podáis disfrutar de las proyecciones que se realizan en las sala Phenomena de Barcelona, no dejar pasar la oportunidad de ver mucho y buen cine de todas las épocas y nacionalidades.

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