CUENTOS BRUTOS, DE JOSEP GARCÍA

 

Aquí tenéis todo el volumen de cuentos brutos, leídos por mi mismo. Aún así, seguiré publicando audios de un solo relato.

Excusad las imágenes y la ausencia de música pero, para mal o para bien, quería dar preeminencia al relato y a la palabra.

Espero que los disfrutéis.

Y sí, si los queréis en papel, os podéis hacer con ellos aquí:

https://www.amazon.es/Cuentos-Brutos-Josep-Garc%C3%ADa-Fern%C3%A1ndez/dp/1505244544?ie=UTF8&keywords=Cuentos%20brutos&qid=1417607035&ref_=sr_1_2&s=books&sr=1-2

INDIANA JONES

INDIANA JONES

Estación Náutica de Santa Susanna
Estación Náutica de Santa Susanna

En cierta ocasión, con un mar en calma chicha y un sol de castigo, se me ocurrió jugar a pasar por debajo del catamarán, entre medio de los flotadores, mientras el resto del grupo tarareaba la musiquilla de la película del célebre aventurero. Por suerte, nunca nos pilló el SGAE. Es un jueguecillo inocente y tonto, que hace que los chicos y chicas se familiaricen con las aguas marinas y pierdan algunos miedos, mientras inconscientemente trabajan aspectos psicomotrices.

El caso es que el juego, que se practica en cualquier parte de este mundo, tuvo éxito, y el hecho de hacerlo con melodía hizo que lo llamásemos hacer el Indiana. Curiosamente, cada vez que los chicos lo practicaban, exigían la melodía. De practicarlo en calma chicha, se pasó a practicarlo con el catamarán navegando, cosa que aumentaba la diversión al ser arrastrados por la fuerza del agua.

Un día, mientras navegaba con una bella señorita, a la que estaba instruyendo en las artes de la navegación, se me ocurrió comentarle lo divertido que era disfrutar de la sensación de pasar por debajo del catamarán y experimentar su velocidad a través del agua. Mi alumna, mayor de edad, quiso experimentar esa sensación, así que fue hasta la proa, se sentó en el flotador, se agarró de la cruceta y se dejó caer al agua.

— ¡Qué pasada! — empezó a reír mientras se dejaba acariciar por el agua, gritando de placer. Tras un rato dejándose arrastrar, empezó a recorrer la lona para salir por la popa y, sin soltarse, buscar el lateral para subir.

Cuando lo hizo, plantándose delante de mí, comprobé que no llevaba la braguita del bikini.

— La perdí con la fuerza del agua, — se dejó caer a mi lado. A esas alturas el catamarán estaba fuera de rumbo. — No representa ningún problema hasta que lleguemos a tierra.

— No, supongo que no.

— Mientras tanto, ¿qué rumbo crees que puede ser el más adecuado? — Se estiró sobre la lona, desabrochándose el chaleco, ofreciéndome un festín visual.

— Entraremos un poco más y luego, creo que lo pondremos de popa; sí, con esta brisa será el rumbo adecuado para disfrutar de este delicioso aperitivo, antes del anochecer.