EL NIÑO TONTO

EL NIÑO TONTO

Ceremonia del te 237

Aquí mi especial Cuento de navidad. Espero que lo disfrutéis. Felices Fiestas a todos y que disfrutéis con la gente a la que apreciáis y amáis. Un Fuerte abrazo a todos:

“Verá, su hijo es tonto.” Le dijo el maestro a Ernesto, un día que fue a buscarlo a la escuela. Ernesto tomó de la mano a su hijo y lo llevó a jugar al parque, antes de ir a casa. En el parque, una madre se acercó a Ernesto y señalando con el dedo a su hijo le dijo: “Ese niño es tonto.” Ernesto se limitó a sonreír.

Un día, una vecina que se encontró en la escalera con Adelina, la compañera de Ernesto, le dijo: “No te lo tomes a mal, pero tu hijo es un poco tonto.” Adelina no dijo nada, sencillamente sonrió a su vecina y le dio los buenos días con mucha educación.

Pasaron los años y el niño creció y se fue de casa para crear una familia y vivir su vida. De vez en cuando, algún conocido, al ver a Ernesto o Adelina, les recordaba que su hijo era tonto. El muchacho, siempre visitaba con su familia a sus padres por Navidad. Cuando sucedía, siempre había algún comentario de esos de “ya está aquí el tonto.”

Un día, un desafortunado accidente truncó el curso natural de las cosas e hizo que el muchacho muriese en un accidente junto a su compañera, adelantando a sus padres en el tránsito natural de la vida. Dejó una familia a la que nunca le faltó de nada, pues siempre hubo una mano amiga dispuesta a ayudar a los hijos del hombre que junto a su compañera les había proporcionado tanta felicidad.

En su entierro alguien comentó: “Ha sido lo mejor, el muchacho era algo tonto.” Ese día un desconocido respondió: “Suerte que era tonto y solo pudo hacer felices a las personas de su entorno. Imagínese lo que podría haber hecho de haber tenido luces.”

LAS TOMADORAS DE SOL

LAS TOMADORAS DE SOL

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Las tomadoras de sol pertenecen a la especie Homo Sapiens Sapiens. Dentro de esta especie se caracterizan por su atuendo, bañador o bikini, que utilizan de una manera muy peculiar, según las circunstancias. Toalla y sombrilla son opcionales, dependiendo de la modalidad que practiquen: aficionada, profesional o extrema. Entre el Homo Sapiens, podemos encuadrarlas en el género femenino, debido al desarrollo de sus glándulas mamarias y a la ausencia de genitales externos, observada en un cien por cien de los individuos estudiados, combinando los métodos de la observación directa y la inspección táctil, siempre con el consentimiento del objeto de estudio y siguiendo los protocolos que rigen en los estudios de seres vivos con inteligencia y capacidad de comprensión legislativa, aunque, como científico, he de advertir, que en algunas inspecciones táctiles no se les informó correctamente de los artículos relativos a la experimentación con seres vivos inteligentes, pero eso no anula la validez de las observaciones referidas. He de decir que el objeto de estudio, también mostró interés en un reconocimiento táctil del estudioso, incluso, para mi sorpresa, en buen número de casos, su curiosidad les hizo experimentar con los orificios hallados en su cuerpo, cosa a la que, como científico ávido de saber, no me negué. Si por ésta interactuación soy expulsado de la comunidad científica, he de decir que no me importa, y mucho menos después de haber investido como Doctor Honoris Causa a un parásito paleto como Felipe el “preparao”. Me niego a mostrar pleitesía a este tipo de gentuza.

Tras esta introducción, aquí va uno de mis relatos con una de esas tomadoras de sol. Un día, vigilaba a un objeto de estudio. Por sus aptitudes y hábitos, su práctica era profesional, y se iniciaba en la extrema. Prescindía de sombrilla, que es el primer paso hacia la extrema, pero conservaba la toalla y se untaba la piel de protector solar. Prescindía del sujetador pero conservaba una mínima braguita. Yo estaba atento a sus movimientos, por si en un momento dado, se salía de la toalla y había que acudir en su auxilio. Era admirable la técnica que aplicaba al distribuir la protección solar en sus pechos, cómo se la distribuía por la caída y el cuidado que aplicaba en los pezones. Me quedé enamorado del arco que formaba para aplicarse crema en la espalda, con una pericia que solo se consigue con años de experiencia y duro entrenamiento. No dejó ni un solo poro de su espalda por cubrir, y además con una distribución perfecta. Luego las piernas, unas piernas largas e interminables acabadas en unas uñas pintadas de azul. Al acabar su preparación, dejó el bote en una cuca y colorida bolsita de punto y se estiró para iniciar su práctica en decúbito supino. En ese momento me acerqué a ella, pues corría un grave peligro.

— Perdone, pero no he dejado de observar que no se ha aplicado crema solar en las orejas.

— ¿Eso es importante?

— Aunque ínfima, está dejando una pequeña, y debo añadir que sabrosa, parte de su cuerpo sin protección. Debe de saber que el número de cánceres de piel iniciado en las orejas ha crecido en los últimos años.

— Muchas gracias por la información, — estiró un brazo y tomó el pote de crema de la bolsita.

— Permítame, — tomé el bote, me puse en las manos y se las extendí por las orejas, dibujándolas con mis dedos. Ella dejó escapar un gruñidito de placer, como el ronroneo de un gatito.

— ¿Es usted masajista profesional?

— Depende de lo que entienda por masajista profesional. Si se refiere a terapeuta, no. En absoluto.

— Y ¿Cómo entiende usted el ser un masajista?

— Digamos que me defiendo con las carantoñas eróticas. — Bajé mis manos hacia su cuello, que me acarició con la vibración de su voz.

— Eso suena muy bien, pero ¿qué diría mi pareja?

— Yo no soy celoso, y si él tampoco… — alargué la última sílaba hasta convertirla en un susurro gutural mientras una de mis manos se deslizaba hacia su pecho, suavemente… y aquí lo dejaremos. Eso forma parte de otro estudio.