A ALFONSA FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ

A ALFONSA FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ (1942-2014)

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Ha muerto una de las mejores personas que he conocido. El haberla conocido fue una casualidad de la vida, ya que era mi madre, cosa que fue una gran suerte para mí, pues he podido disfrutar de su amor incondicional todos estos años.

Creo que todos los que pudieron conocerla: mi padre, sus hermanos, nietos, familiares y amigos pueden confirmar mis palabras. Siempre estaba cuando se la necesitaba, nunca tenía un no en la boca, pronta a prestar su ayuda, a acudir al lado de la persona que necesitase su apoyo.

Sociable y luchadora. Su vida fue una continua lucha contra la adversidad y los tiempos que le tocó en suerte vivir. Desde niña, arrimando el hombro en casa y en los campos de Castilla, para ayudar a sacar adelante a su familia, la de mis abuelos. Sus primeros años, aunque duros, están plagados de anécdotas para dar y contar, que de bien seguro os harán sonreír a los que los compartisteis con ella, hermano, hermana y amigas de Piedrabuena.

También, a lo largo de su vida hubo de luchar contra el cáncer, su frágil corazón, una rotura de pierna y brazo, y en lugar de arrugarse, se arremangaba y volvía a empezar con esa energía infinita que manaba de un cuerpecito tan frágil. De su actitud aprendí que te puedes caer, pero que no te puedes quedar lamentando el infortunio, que no sirve de nada, que hay que volver siempre a levantarse. Eso hacía mi madre.

Y a pesar de todos estos avatares, vivió una vida plena, pues su carácter afable le granjeaba amistades y simpatías en cualquier lugar que estuviese. Salir con ella a realizar cualquier recado era olvidarse del tiempo, entraba en las tiendas, saludaba, la saludaban, se interesaba por todo, de todo daba y recibía noticias, hacía planes, algunos de ellos inconclusos, como el de ir a buscar un décimo a Madrid en el AVE, o tomarse un chocolate en la Rosita, pero ese es el precio de haber tenido una vida plena, activa y alegre, que te quedan cosas sin hacer. Mi madre murió viviendo.

Para mí, siempre fue un milagro ver cómo tenía tiempo para todo, como si este no existiese: Tiempo para conversar; visitar; trabajar; llevar la casa para adelante; realizar labores y arreglos de vestiditos para quien se lo pidiese; para cocinar y reunir a familiares y amigos alrededor de la mesa en largas comidas inacabables, a pesar de lo exquisitas. Le encantaba disfrutar de esos momentos, de ver la felicidad en las caras al probar sus recetas, de las largas sobremesas, sin alterarse para nada por la montaña de platos con los que batallar. La felicidad del momento era innegociable.

Justo es reconocer que no era perfecta, también tenía sus defectos, como el de dar caramelitos a los abuelos, cuando visitaba a su madre en la residencia. Tras dos o tres reprimendas por mi parte, desistí y vi el lado positivo: al menos no lo hacía a la puerta de un colegio.

Estoy orgulloso, y doy gracias por la suerte que he tenido de ser el hijo de una mujer que ser esforzaba por ver lo bueno en cada persona y, que forma parte de ese gran grupo anónimo de buenas gentes, que a su paso ha dejado un mundo mucho mejor que el que se encontró.

Por último, agradeceros vuestra presencia y pediros que al recordarla lo hagáis con una sonrisa, como ella hubiera deseado. Aunque sé que las lágrimas que se vierten son el resultado de la felicidad que compartisteis en vida.