LA LLAMADA DEL CARTERO

LA LLAMADA DEL CARTERO

bENJAMIN

Aquí os dejo con otra de esas anécdotas, de cuando en mis años estudiantiles, ejercía de oficial de reparto, cartero en lengua vulgar. No, la anécdota no la encontraréis en el libro cuya portada figura arriba.

 

Cuando trabajaba de cartero envidiaba a los compañeros cuya zona de reparto estaba constituida por bloques con conserje, pues evitaban el buzoneo, entregando toda la correspondencia a este, que se encargaba de depositarla en el buzón correspondiente.  Esto les ahorraba mucho tiempo, y hacia la mitad de la mañana ya estaban libres. Los envidié hasta el momento en que un día, como otro cualquiera, llamé a un timbre. Era, y sigue siendo, el método habitual para acceder al hall del edificio para depositar la correspondencia en los buzones. Como el inquilino habitual no me abrió, por ausencia o por estar ocupado, llamé a otro timbre:

— ¿Quién es?

— El cartero.

— Sube, que no está mi marido.

Tras franquear la puerta y distribuir la correspondencia, me decidí a subir a ese quinto, por ver qué me deparaba el destino. La puerta estaba abierta, aun así, llamé al timbre:

— Pasa.

Entré y me quedé en el recibidor.

— ¿Vienes o qué?

Una mujer de muy buen ver, completamente desnuda, se asomó sonriendo al pasillo, sin molestarse en taparse, a pesar de la sorpresa que supuso verme junto a la puerta, aún abierta.

— ¿Quién coño…?

— El cartero.

—Pensé… No le esperaba a usted. ¿Tiene algo para mí?, — me preguntó mientras se acercaba, sin el más mínimo recato.

— No,  señora. He subido por curiosidad.

— Ya…

— Y por si le apetece cambiar de plato, — añadí tras realizar un rápido análisis de las señales no verbales. Tras esta frase, sentí cómo me desnudaba con la mirada y se imaginaba mis encantos en todo su esplendor, libres de la vestimenta. Como no soy buen analista, es por esto que no estoy en la CIA, no puedo decir si fue por mi sinvergüencería, por el uniforme de cartero,  por mi apuesta figura o por mi apostilla, — si se decide, dispongo de treinta minutos, — por lo que acabamos en la alcoba

Estábamos en una de las suertes del arte amatorio, cuando sentí que llamaban al timbre. Levanté la cabeza, la miré a los ojos y le dije:

— Llaman.

Ella, poseída de deseo, placer y altamente excitada, me susurró con voz entrecortada, mientras con sus manos mesaba mis cabellos:

— Calla, y sigue comiendo.

EL PELO

EL PELO

Ceremonia del te 237

En cierta ocasión, en mis años juveniles, nos mandaron como trabajo de literatura comentar una poesía. Una verdadera pieza pornográfica, oculta entre imágenes. Los comentarios, en su mayor parte, hablaban de amor y otras delicadezas. Yo no recuerdo mis palabras, con exactitud, pero dije que la cosa iba sobre un tío que se follaba a una tía, evidentemente, con cierto lenguaje académico pero sin excesivas florituras.

Además de recibir un uno, por haber llenado unos cuantos folios, fui llamado al despacho del coordinador y del director.  Creo recordar que nunca más volví a decir lo que realmente pensaba sobre una poesía o texto literario, la vida me resultaba más fácil hablando de flores, abejitas y otras sandeces similares. Ante una buena polla decía ver un lindo pajarito, y ante unos pechos con sus suculentos pezones, veía un envaso perfecto para embotellar el amor, nunca tuve demasiada imaginación.

Volviendo nuevamente sobre el trabajo, este fue comentado en el aula, como ejemplo de perversión depravada. El caso, no sé cómo vino el tema, es que en un momento dado, la profesora dijo:

— En todos los años de mi vida, mi hombre no me ha tocado ni un pelo.

A lo que alguien respondió:

— Menuda puntería.

Aseguro que no fui yo.