INDIANA JONES

INDIANA JONES

Estación Náutica de Santa Susanna
Estación Náutica de Santa Susanna

En cierta ocasión, con un mar en calma chicha y un sol de castigo, se me ocurrió jugar a pasar por debajo del catamarán, entre medio de los flotadores, mientras el resto del grupo tarareaba la musiquilla de la película del célebre aventurero. Por suerte, nunca nos pilló el SGAE. Es un jueguecillo inocente y tonto, que hace que los chicos y chicas se familiaricen con las aguas marinas y pierdan algunos miedos, mientras inconscientemente trabajan aspectos psicomotrices.

El caso es que el juego, que se practica en cualquier parte de este mundo, tuvo éxito, y el hecho de hacerlo con melodía hizo que lo llamásemos hacer el Indiana. Curiosamente, cada vez que los chicos lo practicaban, exigían la melodía. De practicarlo en calma chicha, se pasó a practicarlo con el catamarán navegando, cosa que aumentaba la diversión al ser arrastrados por la fuerza del agua.

Un día, mientras navegaba con una bella señorita, a la que estaba instruyendo en las artes de la navegación, se me ocurrió comentarle lo divertido que era disfrutar de la sensación de pasar por debajo del catamarán y experimentar su velocidad a través del agua. Mi alumna, mayor de edad, quiso experimentar esa sensación, así que fue hasta la proa, se sentó en el flotador, se agarró de la cruceta y se dejó caer al agua.

— ¡Qué pasada! — empezó a reír mientras se dejaba acariciar por el agua, gritando de placer. Tras un rato dejándose arrastrar, empezó a recorrer la lona para salir por la popa y, sin soltarse, buscar el lateral para subir.

Cuando lo hizo, plantándose delante de mí, comprobé que no llevaba la braguita del bikini.

— La perdí con la fuerza del agua, — se dejó caer a mi lado. A esas alturas el catamarán estaba fuera de rumbo. — No representa ningún problema hasta que lleguemos a tierra.

— No, supongo que no.

— Mientras tanto, ¿qué rumbo crees que puede ser el más adecuado? — Se estiró sobre la lona, desabrochándose el chaleco, ofreciéndome un festín visual.

— Entraremos un poco más y luego, creo que lo pondremos de popa; sí, con esta brisa será el rumbo adecuado para disfrutar de este delicioso aperitivo, antes del anochecer.

LA TETÍADA

LA TETÍADA

Margarita
Flor que crece en las empinadas cimas del monte Athos y cuyo ligero roce es altamente estimulante. Su utilización provoca claras reacciones fisiológicas. Su consumo continuado, eleva la moral y provoca un estado de felicidad.

En una ocasión, iba en el catamarán con un grupo de señoras que estaban celebrando una despedida de soltera. Como sucede en estos casos, el alcohol consumido con amplia generosidad surtía su efecto y a la alegría, propia de toda celebración, se sumaba la del alcohol.

En un momento dado, uno de los barcos que hacen la ruta por la zona para llevar a los turistas de cala en cala pasó por nuestro lado, suceso que produjo el consabido intercambio de saludos entre los pasajeros del barco y los ocupantes del catamarán. Hasta aquí, todo dentro de lo habitual; pero entonces hizo su aparición la suma de alegrías, la de la fiesta y la del alcohol, y una de las señoras, mientras se desabrochaba el salvavidas, preguntó:

— ¿Les enseñamos las tetas?

No hubo respuesta, fue una reacción inmediata. Las cinco chicas, se desabrocharon el salvavidas y liberaron sus pechos de la suave caricia de la tela del bikini. ¡Menudo festín visual! Pechos y pezones de todo tipo y tamaño, más o menos erectos y de diferentes tonalidades, desde el suave rosáceo hasta el delicioso rojo oscuro. Quedé saturado.

Una de las chicas, al darse cuenta de mi cara, llamó la atención del resto para reducirlas al orden:

— Chicas, que hemos avergonzado al instructor, pobrecito.

A lo que respondí:

— Para nada señoras, solo ha sido exceso de información, no sabía sobre que pechos posar mis ojos. La próxima vez, de una en una, por favor… Mi sistema nervioso lo agradecerá.

Todas rieron.

EL LINGÜISTA

EL LINGÜISTA

Ceremonia del te 237

Hace algunos años, en mis inicios como monitor, que aunque parezca mentira no se remontan a la prehistoria, conocí a un personaje singular. Era un señor, de edad indefinida, muy baqueteado por la vida y la bebida. Se dedicaba a limpiar el centro, un colegio en donde hacíamos el Casal de Verano.

Un día, mientras hablábamos, después de la jornada, el hombre vio un papel en el suelo y fue a recogerlo, mientras mascullaba:

— Es que semos unos guarros.

— Somos, — le corrigió alguien.

— No, — insitió—, semos, sois vusotros.

DE PSICÓPATAS

DE PSICÓPATAS

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Antes de nada, agradecer a Julia Ojidos, escritora y bloguera, su nominación al Versatil Bloguer Adward, cosa que agradezco. Aquí abajo encontraréis un enlace a su blogg, que gira en torno a la lectura y la satisfacción que esta comporta, con hermosas viñetas que hacen sonreir.

http://juliaojidos.wordpress.com/

Os aconsejo su visita, pues aparte de sus divertidas declaraciones de principios en torno a la lectura y sus beneficios, encontraréis fragmentos de su obra y acceso a su lectura. Leerla os hará más altos, más fuertes, más sabios y, probablemente más peligrosos para el sistema.

Y a continuación, mi anécdota divertida, de la semana, o no

DE PSICÓPATAS

Hace algunos años, como colofón de una actividad de verano, hicimos una acampada en la playa. En mitad de la noche, la policía, haciendo su ronda rutinaria, se acercó a las instalaciones y se detuvo para hablar con los monitores. La noche es larga y algo de entretenimiento nunca viene mal. Uno de los chicos preguntó por la policía. Aprovechamos la circunstancia para elaborar una historia:

— Han venido a avisarnos de que un psicópata, violador y asesino de niñas, se ha escapado del manicomio y ronda por los alrededores.

A partir de esta premisa, enriquecimos la historia y, a lo largo de la noche, creamos un clima de suspense con la proximidad del psicópata.

Poco antes del amanecer, vimos un hombre que corría por la playa, cercano a la orilla. Nosotros, estábamos sacando los kayacs para tirarlos al agua y ver la salida del sol desde el mar. Estábamos dando los remos, cuando el hombre pasó por nuestro lado. En ese momento, una de las chicas mayores, cogió el remo y empezó a correr tras el hombre, al grito de:

— ¡A por el violador! — De pronto, el hombre aceleró su carrera al verse perseguido por una treintena de adolescentes blandiendo un remo. Cuando los monitores conseguimos salir de nuestro estupor, nos lanzamos en pos del grupo para interponernos entre este y el pobre hombre, que, de bien seguro, jamás había previsto lo que su práctica deportiva le iba a deparar aquella tranquila madrugada que, apuesto mi mano derecha, no habrá olvidado.

LA PREGUNTA

LA PREGUNTA

1997 072

En cierta ocasión, me destinaron a una casa de colonias en la que se trabajaba el cielo. No en su acepción religiosa y mítica, sino en su acepción científica y racional, naturalmente aderezado con su toque de fantasía. La historia que se trabajaba era que la casa era un centro de de una agencia espacial, y que bajo su estructura se hallaba un moderno laboratorio de investigación. Naturalmente la historia tenía sus variantes. En una de ellas, los monitores éramos robots, aunque sería mejor decir androides o replicantes.

Esta versión, la de los robots, me encantaba pues habíamos de responder a todas las preguntas lógicas que nos hacían los chicos, cosa que nos obligaba a afinar el ingenio y la memoria. Las preguntas eran en torno a ¿por qué sudábamos?, ¿por qué mostrábamos cansancio?, ¿por qué llevábamos gafas?, ¿por qué ingeríamos alimento?… si éramos robots. Al responder a las preguntas había que tener buen cuidado en no contradecirse, para no romper el hechizo en las mentes infantiles. Era maravilloso ver cómo se les iluminaba la cara a los chicos al encontrar una contradicción y creer que nos habían pillado, para seguidamente ver su cara, entre la decepción y la ilusión de haber errado y seguir manteniendo la fantasía.

El caso, es que el último día de la colonia, cuando los autocares estaban prestos a marcharse y los monitores cumplíamos con el ritual de la despedida del grupo, un niño, de los que había realizado más actividades conmigo, se me acercó y me dijo:

— Josep, es el último día y no nos vamos a volver a ver en la vida. Dime la verdad: ¿Eres un robot o no?