LAS VACACIONES

LAS VACACIONES

Visions Urbanes Granollers 042

 

Me hallaba de vacaciones, descansando de mis incansables viajes, en una tierra que me había recomendado un amigo.

-Ahora es el momento. Está baratísimo. Se dan de tortas por los turistas. El país está tan mal económicamente que quien tiene un turista tiene un tesoro.

Aunque nunca he sido amigo de esta clase de explotación del prójimo y siempre me ha parecido prepotente y de mal gusto hacer turismo aprovechándose de la necesidad ajena,  mi espíritu aventurero deseaba experimentar una nueva experiencia. Así, que paré en mis viajes y tomé un billete de tren para Aturland, el paraíso del turista explotador.

Nada más entrar por la frontera, un mozo se ofreció a cogerme las maletas y conducirme hasta un buen hotel. Yo, que siempre miro por maximizar mis recursos le dije que ya me apañaba, que era joven y fuerte.

-Si es por el precio, no tiene de qué preocuparse el señor. Soy económico. Un euro y le acompaño hasta el hotel. Dos euros y además le subo las maletas a la habitación, le deshago el equipaje y le ordeno el armario. Y sin son tres euros, durante la noche le limpio los zapatos y le lavo la ropa para que la tenga lista para la mañana.

Como el precio me pareció bien, acordé pagarle tres euros. Al llegar al hotel me asignaron habitación y como expresé mi deseo de visitar la ciudad me asignaron un guía para el día siguiente.

Al día siguiente, como había prometido el mozo, tenía los zapatos limpios y la ropa en perfecto estado de revista. Le rogué que volviese aquella noche, que le daría otro euro por el servicio, lo que le dejó muy contento.

Al bajar a recepción, el recepcionista había cambiado. Lo atribuí al hecho de que hacían turno. Al decirle que estaba listo para ponerme en manos del guía que me había de enseñar la ciudad llamó a una mujer que corría por allí para presentármela como mi guía.

-Perdone,-le dije.-Pero este no es el señor con el que apalabré ayer el servicio.

El recepcionista se disculpó y me dijo que la señora era mi nueva guía, ya que el señor con el que había apalabrado el servicio había encontrado la muerte inesperadamente.

-Cuanto lo siento.

-La desgracia de unos es la suerte de otros,-sentenció el recepcionista.

Con esta visión tan optimista del deceso de un semejante, me puse en manos de mi guía. Estuvimos todo el día visitando la ciudad. Varios monumentos y un museo de pintura. A la vuelta al hotel me encontré con otro recepcionista, que me saludó cortésmente.

-Un señor le espera para lavarle la ropa y limpiarle los zapatos,-dijo presentándome a un desconocido.

-Perdone,-dije.- Pero usted no es el señor con el que apalabré ayer.

-No. Una incidencia ha motivado el cambio. A partir de ahora seré yo quien le asista, señor.

-¿Qué le ha pasado al otro mozo?

-Ha pasado a mejor vida.

-Lo siento, -dije, mientras pensaba que yo era una especie de gafe. Antes de subir a mi habitación, me despedí de mi guía y apalabré con ella una visita a una ciudad vecina, para el día siguiente.

Al amanecer el día siguiente, encontré mis zapatos y mi ropa en estado de revista, me la puse y bajé a recepción, donde me encontré con una recepcionista a la que le comenté que me avisase en cuanto llegase mi guía.

-Su guía ha llegado,-me dijo presentándome a un joven.

-Perdone, pero esta no es la señora con la que apalabré la visita.

-Lo sé y lo siento, señor. A partir de ahora, este señor será su guía.

-¿Y mi antigua guía?,-pregunté con cierto temor.

-Ha dejado este valle de lágrimas.

No pude menos que sentirlo. La mortandad en aquel país era más brutal que su crisis económica. Partí con mi nuevo guía. Tomamos un tren. Durante el trayecto me explicó varias curiosidades en torno a los paisajes que pasaban ante nuestros ojos. Lo cierto es que eran preciosos. Pasamos por delante de un cementerio, situado a las afueras de la ciudad que íbamos a visitar. Conté hasta quince entierros.

-¿Es muy grande la ciudad que vamos a visitar?

-Siete mil habitantes.

-Hay una gran mortandad,-observé.

-La crisis,-me contestó.

La ciudad era preciosa, y debo decir que a pesar de la crisis estaba muy bien cuidada. Estuvimos todo el día. De vuelta en el hotel le dije que me viniese a recoger después de cenar, pues deseaba ser testigo de la vida nocturna.

El recepcionista, otro diferente, me presentó a la persona que se encargaría de mis zapatos y mi vestimenta aquella noche.

-No me lo diga. Mi anterior asistente ha muerto.

-¿Cómo lo sabe?,-me preguntó mi nuevo asistente.

-La costumbre.

Tras cenar, pregunté al recepcionista, que naturalmente era otro desconocido, por mi nuevo guía. Esta vez era una mujer de mediana edad. Nos adentramos en la noche urbana. Lo pasé estupendamente, como turista era el rey de la fiesta. Al volver al hotel presenciamos una disputa. Un hombre y una mujer se estaban peleando.

-Debemos llamar a la policía,-le dije.

-Ni hablar, no se preocupe. Se arreglan entre ellos. Una disputa sin importancia.

Yo solo pude oír: “Que me lo des.” Y un “No,” como respuesta. Al doblar la esquina, la mujer había matado al hombre. Curiosamente, la mujer se alejó sin quitarle al hombre lo que le pedía.

-¿No lo ha matado para que le diese algo? ¿Por qué no lo coge?,-le pregunté.

-Porque ya tiene lo que quería, su trabajo.

-¿Lo ha matado para robarle el trabajo?

-Claro, ¿qué iba a ser?- Llegamos al hotel y me preguntó.- ¿Quiere que quedemos mañana para hacer la ruta del río?

-No, gracias. No será necesario. Mañana descanso. Ya no haré más visitas. No necesitaré más sus servicios.

Subí a mi habitación. Hice las maletas y me quedé hasta que llegaron mis zapatos y mi ropa limpia. Había hecho el cupo. No podía soportar más muertes sobre mi conciencia.

Extraído de “Cuentos: desde el asombro”  de Josep García

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