CADÁVERES EXQUISITOS

XVIII
LA FORTALEZA

Ceremonia del te 181

-La ciudad está amurallada y solo hay una salida, controlada por los inmortales.
-¿Los inmortales?- Pregunta Li.
-Son la élite, lo mejor, los hombres más fieros y sanguinarios. Se llaman inmortales porque nunca nadie ha visto morir a ninguno. Nadie sabe quienes son. Ocultan su rostro tras una máscara. De hecho ocultan cualquier parte de su cuerpo. No sabemos nada sobre sus rasgos físicos. Hay quien afirma que no son humanos, que son máquinas sin voluntad propia.
-Solo una puerta. Continúa con la descripción de la muralla.
-Son cuatro muros de adobe, de unos doce metros de espesor, y unos diez de altura. En cada esquina hay una torre, con inmortales. Las torres se comunican por un camino de ronda, que realizan los inmortales. Siempre están cubiertos los cuatro muros, un inmortal por muro. La simetría de los movimientos de la guardia es perfecta. En todo el perímetro de la muralla hay un detector para dar la alarma por si alguien pretende salir burlando a la guardia. Solo ha habido un intento de fuga. Las cabezas de todos los miembros de la familia fueron expuestas en el mercado hasta que se pudrieron.
-Dime cómo es por dentro la ciudad.
-Es un laberinto de calles que desemboca en el mercado público, cerca de la puerta de la muralla. Nadie del exterior penetra en el laberinto, ni siquiera los inmortales. La única salida y entrada al laberinto de callejones de la ciudad es la plaza del mercado.
-Esto quiere decir que hay una doble muralla.
-Así es. No es una fortaleza ni una ciudad, es una cárcel. Cada día, un convoy recoge a los que han de prestar servicio y deja a los que han de descansar.
-¿Y las familias?
-No pueden salir del recinto amurallado. Es el trato, trabajo fácil a cambio de una buena vida en cautiverio.
-¿El mercado es diario?
-Sí. Cada día entran las mercancías necesarias. Todo lo que entra se queda en la ciudad, los camiones salen completamente vacíos.
-¿Registran los camiones al entrar?
-No lo sé, imagino que sí.
-¿Hay niños en la ciudad?
-Sí, es importante mantener el control sobre la familia para controlar al personal.
-¿Y qué sucede cuando estos crecen?
-Pasan a formar parte de la empresa.
-¿El convoy de reemplazo se ha detenido alguna vez por algo?
-Nunca. No se detiene por nada. Se han atropellado animales y personas pero no se ha detenido.
-Las torres tienen focos.
-Sí.
-¿Recorren el interior o el exterior?
-Vigilan la ciudad. Pero no los encienden si no salta la alarma del perímetro.
-En teoría podemos escalar un muro sin que lo adviertan y nuestros problemas empezarán en el interior, en el camino de ronda.
-¿Escalar un muro?
-También podemos asaltar un convoy de reemplazo e intentar convencer a los trabajadores de que nos ayuden. ¿Qué opción prefieres?
-Podemos intentar escalar el muro por la noche.
Al caer la noche, Li y el desertor, inician la escalada. Al principio, el muro de adobe presenta una ligera inclinación hacia el interior que facilita la labor de escalada. Conforme ganan altura el muro corrige la inclinación, presenta menos presas y más pequeñas. Li abre camino. La ascensión es lenta. En algunos tramos son los brazos, sobre un par de dedos, los que realizan todo el esfuerzo de levantar el cuerpo unos centímetros más. Los dedos y las muñecas les arden. Allí donde encuentran un mínimo punto de apoyo paran para tomar aire mientras estudian la vía a seguir. Se levanta una ligera brisa que se intensifica conforme ganan altura. Lo que les dificulta la ascensión les protege de los oídos de los inmortales. Algunas presas no son de fiar y se rompen bajo la presión de los dedos. El ruido de los desprendimientos lo tapa el viento pujante. El día ha sido bastante duro. El descanso que se han tomado tras dejar listo el precario plan tiene que haber sido más que suficiente para afrontar la escalada con unas mínimas garantías. No han comido nada, apenas han bebido algo de agua. Tienen que luchar por atemperar su deseo. No pueden precipitarse, no pueden acelerarse por un poco de viento. Tampoco es tan fuerte. Se tienen que convencer de que lo pueden resistir. Arrecia. La arena les empieza a golpear la cara. Li aguanta pero teme por la vida del hombre muerto. En un descanso contempla su ascensión y sus miradas se cruzan. Tiene miedo y está al borde de su aguante. Li comprende que tiene poco tiempo, no puede tomarse respiros, ha de subir, ha de abandonar toda precaución y entrar a saco jodiendo a los inmortales para ayudar a su acompañante. Li apresura, con una sola idea en mente, joder, joder y joder, y después seguir jodiendo. Cuando alcanza la línea de muralla continúa ascendiendo por la pared de la torre. Los dedos están al límite, le duelen, le dicen basta pero los dedos no mandan, los dedos obedecen a su voluntad y su voluntad no obedece a los chantajes de las heridas, de los cortes, de una fractura… su voluntad obedece a su señor y él es el señor. Cuando pasa el arco, que inicia la bóveda para que los inmortales puedan hacer la ronda, rodea la torre para encontrar la abertura por la que los focos vigilan el interior de la ciudad. Espera que el agujero sea grande para saltar y matar, rápido, sin compasión. Si, la apertura es grande, mira, de una ojeada evalúa al encargado del foco, su atuendo, su posición, y no se lo piensa; como un felino salta sobre su presa y le parte el cuello. Le despoja de sus vestimentas y comprueba que son resistentes. Hace un lazo y une prendas. Necesita más, no cree que sea suficiente. Mira al exterior para salir. Se queda encima del arco. Espera. Se le hace una eternidad. El inmortal traspasa el umbral y, sin piedad, cae sobre él. Oculto entre las sombras le quita las ropas y las une a las anteriores. Descuelga la tira de ropa por la muralla. Aún es corta pero, animado por la ayuda, consigue que el hombre muerto reaccione. Llega hasta el lazo y se lo pasa por los hombres. El inmortal que se aproxima por el otro lado de la torre está cerca. Li divide su atención entre el inmortal y su improvisado compañero. La oscuridad es su aliada, pero sabe que el tiempo se le acaba, el inmortal se acerca, desprevenido, pero se acerca. Tiene que pensar, no perderlo de vista, y pensar. Necesita tejido, tejido…, eso es. Con esfuerzo iza a su compañero para recuperar tejido, un poco más, un poco… con lo que tiene ha de bastar, no hay tiempo y el payaso se le echa encima. Precisión, Li, necesita precisión. Un paso más y el tejido se enrolla en el cuello del inmortal, poco antes de ser precipitado al vacío. Un crujido que desgarra el silencio de la noche le basta a Li para comprender que el cuello se ha roto. El improvisado contrapeso facilita la labor de izar a su compañero.
-Toma aliento. – El hombre muerto asiente con esfuerzo.
Li iza al muerto y le despoja de sus vestiduras. Le quita la máscara. Su acompañante se sorprende:
-Estuvo conmigo en el campo de instrucción. Se distinguía del resto por su brutalidad. Le gustaba ejercer la violencia. Una noche desapareció y no supimos más de él. Nadie nos dijo nada, tampoco nadie preguntó.
-¿Estás bien? – El acompañante asiente.- Vístete y ponte su máscara.
Mientras se viste se acerca el siguiente enmascarado. Al traspasar el umbral del arco, Li, le parte el cuello y le despoja de su ropa, vistiéndose con ella. Cuando termina coge un cuchillo y desgarra una manga de su vestimenta para después hacer lo mismo con la de su acompañante.
-Así nos podremos reconocer en medio del caos.
Arroja uno de los cuerpos por la muralla y carga con el otro. Medio escondidos avanzan por el camino de ronda en busca de la salida que de acceso al interior. En la torre que flanquea la puerta principal, por el Este, encuentran una escalera que desciende por un largo y estrecho pasillo abovedado que conduce hasta una puerta diseñada para ser transpuesta individualmente. Primero pasa Li y comprueba que la puerta solo puede ser abierta desde el exterior. Retrocede.
-¿Cada cuanto es el cambio de guardia?
-Tres o cuatro horas. No lo sé con certeza.
-Volvamos al camino de ronda. Bajaremos por el muro.
Cuando empiezan a retroceder suena una alarma.
-Ya han advertido que los guardias no hacen la ronda.
Oyen el ruido de la puerta que se abre, seguido de pasos que empiezan a subir.
-¡Corre!- Ordena Li al tiempo que arroja el cuerpo.
El camino de ronda está iluminado por los focos de las torres.
-¿Qué hacemos?- pregunta el hombre muerto.
-Esperar.
-Nos están dando alcance.
-Espera. Cuando te diga, sal con cuidado y arrójate contra el muro interior. Recuerda que no pueden iluminar directamente el camino con las torres que deberían, lo hacen con las opuestas.
-Ya los tenemos aquí.
-Aguanta un poco o estamos perdidos. – Cuando sienten la respiración y esquivan el primer golpe, Li da la orden. La salida es el infierno previsto por Li. Desde las torres no escatiman en balas y la primera ráfaga barre a todos los perseguidores que han salido tras ellos. – Corre parapetado por el muro. Si nos quedamos aquí seremos un blanco fácil para los que suben. -Aprovechando la confusión corren hacia la primera torre. Los disparos duran hasta que alguien da la orden de que cesen para que los inmortales puedan acceder al camino de ronda. –Hemos de continuar hasta la torre que no tiene vigilante.
-¿Qué haremos allí?
-Ya se nos ocurrirá algo.
Continúan corriendo agazapados en el muro de la muralla interior. Los disparos cesan y los inmortales corren tras ellos. Llegan a la torre sin vigilancia.
-¡Aguanta!- Li se encarama y empieza a trepar, rápido. A su favor juega la confusión, ya que viste como un inmortal. Suena un disparo, “Un hijo de puta ha abierto la veda. Duraba demasiado mi suerte.” Al primero le siguen otros. Una bala le roza el brazo. Otra le da en el chaleco de kéblar. “Espero que no halla ninguna costilla rota.” Se lanza al interior de la torre y en medio del caos que provocan las balas a su alrededor, medio cegado por unas esquirlas de piedra que le han saltado en un ojo, coge la ametralladora y empieza a disparar a los focos de las torres hasta dejar la ciudadela en la oscuridad. Coge la ametralladora, se la echa al hombro y baja por las escaleras interiores. Como ha supuesto, la puerta se abre desde dentro. Hasta él llegan los sonidos de la pelea exterior. Los inmortales empiezan a caer sobre su acompañante y este se defiende lo mejor que puede. Abre la puerta y sin pensar empieza a disparar. Las balas hacen su trabajo, rasgando carne, rompiendo hueso, produciendo paros cardíacos al encontrarse con la impenetrabilidad del kéblar. Y los inmortales, asustados, empiezan a retroceder soltando a su presa.
-Desnuda a los caídos, tenemos que bajar. Rápido, quedan pocas balas y no tardarán en volver.
Trabajan como ha dicho Li, rápido y sin piedad, ajenos al dolor de los heridos y moribundos.
-¿Bastará con esto?
-Tendrá que bastar, ya vienen.
Corren en dirección opuesta, para hacer servir la pared de la torre de anclaje. Lanzan por los extremos la tira de ropa, se cuelgan y rapelan. Comprueban que se han quedado cortos, pero no pueden volver atrás. Li salta los metros que le quedan hasta el suelo. Al verse libre del peso de Li, el otro extremo cae lentamente por la acción del peso del hombre muerto. Corren hacia la primera línea de casas. Entran por una ventana y atraviesan una habitación sin que los habitantes les impidan el paso. Dan con la salida al exterior y se sumergen en el laberinto de calles. El hombre muerto se orienta hacia su casa. Llegan a la puerta y la abren para entrar, sin ninguna oposición. El hombre muerto sube por unas escaleras muy estrechas llamando a su esposa:
-Djamila, Djamila… -entra en la estancia dónde la esposa se despereza sin entender qué pasa ni quién la llama. El terror se dibuja en la cara de Djamila al ver ante sí a un inmortal. El hombre muerto se quita la máscara.- No temas, soy yo…. Tu marido. – Tras Djamila ve el busto de alguien que se incorpora. -¿Qué hace este hombre en nuestro lecho?
-Me dijeron que habías muerto y que debía de tomar nuevo marido. Poco antes del anochecer instalaron a este hombre en la casa.
-Te mintieron. He venido a por vosotros. Nos vamos.
-¿A dónde? Aquí estamos bien. Nos cuidan y alimentan. Piensa en tus hijos y en la vida de miseria que les espera fuera de aquí. Por favor, vete, sal de nuestras vidas. Tú ya estás muerto. No nos obligues a morir contigo.
El hombre muerto asume las palabras de Djamila. Baja los ojos y, sin resentimiento, sale de la habitación.
-Vámonos, aquí no hacemos nada.
Li le sigue. Salen al laberinto de calles buscando la salida.
-Tenemos tiempo. Aquí no entran nunca. Podemos trazar un plan. Tenemos tiempo.

Fragmento de Cadáveres Exquisitos de Josep García

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