Cadáveres Exquisitos

XI
TAICA

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Taica había recibido el encargo de la forma habitual. Decidió aceptarlo, a pesar de que sus honorarios no habían sido los establecidos. El dinero que encontró en la taquilla de la estación de autobuses cuadruplicaba sus honorarios habituales. Se sintió insultado y, tras dudarlo, decidió aceptar el encargo como el último que realizaría para la organización de Totlopot. Retiró todo el dinero, separó su parte y el resto lo donó a una organización infantil. El pasaje de avión que encontró lo canjeó por un vuelo posterior, para resolver todos aquellos asuntos que deseaba dejar zanjados antes de su marcha. No tuvo ningún problema en el canje del pasaje, ya que el nuevo billete era de primera clase. Que un asesino viajase en primera clase iba contra las ideas de Totlopot, ya que por motivos lógicos un ejecutor debe de pasar desapercibido. Pero para Taica no representaba ningún problema viajar en primera clase, contradiciendo la filosofía de Totlopot, ya que había pasado años entrenándose en el arte de la ocultación. De hecho, ni durante el embarque, ni durante el viaje, y mucho menos tras salir del aeropuerto, ningún viajero podía describir con certeza a Taica. Para ser exactos, ningún viajero había notado su presencia. Todos ellos jurarían una y otra vez, que el asiento en el que viajaba Taica había realizado el trayecto sin ocupante. Tras el desembarque se compra una guía turística y empieza a recorrer la ciudad. No tiene prisa por cumplir con su encargo. Ha oído o leído que Venecia es una ciudad bella y desea comprobarlo. En su vida ha habido poca belleza y su búsqueda es para él como una obsesión, un objetivo cuasi místico que ralla lo paranoico. Visita la ciudad y lee las piedras que forman parte de los edificios, bellos edificios que se yerguen sobre las aguas que abastecen de vida a la ciudad. Y allí donde los hombres y las mujeres que los ven se suelen maravillar y extasiar y admirar con los logros de la invención humana, él, ve dolor, degradación, humillación… Las piedras le hablan con su lenguaje mudo e inundan su corazón de desesperación. No halla la paz que su corazón ansía pero no se rinde, sigue buscando, buscando; persevera sabiendo que tal vez no halle respuestas, sabiendo que su búsqueda es, con toda probabilidad, estéril. Qué extraño ser es el hombre, que extraña es la vida, ¿que ciega convicción le impulsa, le mueve a no aceptar el fracaso? ¿De dónde sale esa fuerza que le obliga a continuar superando el dolor del eterno fracaso?
Toma una góndola y más que pedir suplica al gondolero que le pierda por el laberinto de canales sin mesurar el tiempo. Piensa que el agua le puede ayudar a encontrar la paz. El agua siempre le ayuda pero en Venecia no. La góndola avanza entre edificios que no alivian su dolor. Taica le pide que salga de allí, que abandone los canales, que se dirija a mar abierto, en un intento de encontrar un poco de sosiego. Cielo y agua, aire, nada más. Taica reposa y su mente se libera y recuerda los días de felicidad. Decide que no se alojará en Venecia, que lo hará en una de sus islas y que no se cobijará bajo techado sino bajo el cielo raso. “Tal vez han sido más las noches de mi vida que he dormido sin techo que bajo él. En la casa del maestro, cuando dedicaba mi vida a aprenderlo todo sobre el arte del asesino oculto, sólo una noche dormí bajo techado, la última que estuve a las órdenes del maestro, antes de desligarme de la sociedad de la luna pálida. Sin importarme las condiciones climáticas ni mi estado físico. Era necesario para cumplir con mi objetivo de ser el mejor. Y esta práctica de dormir al raso me ha servido mucho en mi camino, ya que al mismo tiempo que he disciplinado mi cuerpo, me ha sido de gran ayuda para sentirme uno con el universo. ¡Qué plenitud!”
-Gondolero, allí, en aquella orilla. Mañana, a primera hora ven a recogerme al mismo punto.
-¿Qué es para usted primera hora?
-Al despuntar el sol.

Fragmento de Cadáveres Exquisitos de Josep Garcia

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