Cadáveres Exquisitos

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LAS INVESTIGACIONES DE LI

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Nada más recibir las instrucciones, Li, se pone manos a la obra. Li es el hijo de un político chino y una bailarina india. Alto, enjuto, con un toque ligeramente aceitunado en la piel, fue reclutado para la organización a temprana edad, durante una gira de su madre por Europa. Desde ese mismo día se sometió con mayor rigor al duro entrenamiento impuesto por sus padres para desarrollar al máximo sus cualidades atléticas. La máxima que había grabado en el dintel de la puerta de su casa en el Tíbet se lo recuerda continuamente, a la par que le sirve de acicate para cada misión que le encomienda la organización.

Ya en suelo indio alquila un vehículo para dirigirse hacia las instalaciones de la E. I. C., en Calcuta. En el trazado procura evitar pequeñas aldeas y núcleos poco importantes. Sabe que la mejor manera de pasar desapercibido es perdiéndose entre la multitud y el ruido de las ciudades. No se esconde, no busca tugurios donde pueda levantar susceptibilidades, busca alojamientos impersonales, donde pueda ser visto como un transeúnte cualquiera. Hacia la mitad de su recorrido decide tomar un avión para Calcuta. Antes de tomar el avión reserva una habitación en el Luxury, y alquila una limusina con conductor. Al aterrizar le espera la limusina que le conduce hasta el hotel. Instalado en la habitación, toma una ducha y manda que le suban un refrigerio ligerito. Mientras espera concierta una cita  con la E. I. C. para el día siguiente. Se acuesta y finge un sueño agotador. Aguza el oído, esperando que alguien entre en la habitación para registrar sus pertenencias, al amparo de su sueño. No recibe ninguna visita inoportuna, de lo que deduce que no levanta sospechas o que esperan que se confíe.

Por la mañana, tras la ducha, baja a desayunar. A las diez en punto le avisan de que su limusina ha llegado. Se instala y le indica al chofer que le lleve a la E. I. C. Allí pasa tres controles antes de apearse de la limusina. Tras apearse pasa dos más. Antes de acceder al despacho de Idi Ahmentollah, el director de ventas, pasa el último, tras un tiempo de espera en una antesala, en dónde le invitan a un te.

-Buenos días, señor Li.

-Buenos días, señor Ahmentollah.

-¿Ha sido bien atendido?

-No tengo ninguna queja.

-Usted dirá en qué puedo servirle.

-Estoy autorizado por la empresa para la que trabajo para realizar una compra de circuitos.

-Ha acudido al lugar idóneo. No tenemos competencia en el mercado. Nuestros precios son únicos y la calidad de nuestros productos la avalan las grandes marcas para las que trabajamos.

-Estoy seguro de ello, tanto como de su discreción.

-No le sigo.

-No debe de existir ninguna constancia del pedido.

-Entiendo. En ocasiones, no es lo habitual, hemos trabajado con  la discreción que nos pide.

-Estoy seguro de ello.

-Sabe que la discreción tiene unos gastos adicionales…

-Señor Ahmentollah, tratamos entre caballeros. Estoy plenamente autorizado para satisfacer los gastos adicionales…

-Perfecto. ¿De qué estamos hablando?

-De tres millones de unidades.

-El volumen de materia necesario para hacer frente a su demanda es importante… Habrá que hacer frente a ciertos imprevistos que…

-¿Me dice que no puede atender la demanda de mi empresa o es una manera de decirme que el coste de la operación…?

-El coste será alto, pero no pretendía ser desconsiderado…

-El coste no será ningún problema. Aquí tiene una prueba de buena voluntad por parte de mi empresa.- De un compartimento secreto de la gabardina saca cincuenta mil euros que deposita sobre la mesa.- Espero que este gesto sea correspondido por su parte y me permita cerciorarme de que la inversión está garantizada.

-¿En qué manera?

-Una visita a sus instalaciones y alguna ligera explicación de cómo piensa ocultar tal volumen de mercancía, sin detalles, solo lo esencial.

-Nuestro sistema no puede diferir mucho del que ustedes empleen en su país… ya sabe, lo habitual, un sobre por aquí, una petición para que la persona indicada, en el momento indicado mire hacia otra parte… esas pequeñas nimiedades.

-Esa es la parte fácil, me refiero a la difícil, hacer que desaparezca cualquier rastro, cualquier conexión que nos pueda relacionar.

-Bueno… en un mundo tan superpoblado eso no tiene que ser una preocupación excesiva para usted. – Li asiente -. Si lo desea, mi secretaria le hará una visita guiada por las instalaciones. Puede preguntarle lo que quiera. – Li vuelve a asentir. – Señor Li, mucho gusto. Ha sido un placer. Si tiene la bondad, mi secretaria se ocupará de usted en un momento.

Li sale a la antesala. Tras unos instantes, una mujer joven, de piel oscura, frágil, elegante y enérgica, con un generoso escote se presenta a Li con una voz perfectamente modulada:

-Zoraida, secretaria personal del señor Ahmentollah. ¿En qué le puedo ser de utilidad?

-El señor Ahmentollah me ha asegurado que usted será mi cicerone en la visita a sus instalaciones.

-Con mucho gusto. Por aquí, señor Li.

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Zoraida abre una puerta, Li pasa por ella y espera a que Zoraida se ponga a su lado. Caminan por un pasillo bien iluminado por amplios ventanales. En el lado opuesto a los ventanales una serie de puertas con letreros que indican el nombre y el cargo del ocupante del despacho.

-Nos encontramos en la zona de gerencia, – explica Zoraida, – aquí se toman las decisiones. El modelo de cada despacho es similar al del señor Ahmentollah, una antesala de espera y el gabinete. Obvia decir que las medidas de seguridad son extremas.

Llegados al extremo opuesto Zoraida, tras identificarse, abre una puerta de doble hoja, de madera de roble. Acceden a una estancia con una gran mesa en el centro.

-La gran sala. Aquí se refrendan las decisiones y se dan a conocer las directrices a seguir. Un sitio por directivo. En la presidencia los directivos con mayor poder de decisión. Son tres, el señor Ahmentollah es uno de ellos.

-¿Y los otros?

-Dos más. Es una tríada. Es el consejo directivo. Ahora tomaremos el ascensor para ver el departamento de administración.

Zoraida pulsa el botón de la planta inferior. Al abrirse Li ve un gran espacio compartimentado por paredes de vidrio translúcido.

-Cada departamento se encarga de una cosa en concreto. El único nexo de unión entre estos es el directivo responsable. Los empleados de los diferentes departamentos no se conocen entre sí. Tienen estrictamente prohibido salir de sus zonas, fuera del horario marcado. La entrada de cada departamento es escalonada. Cada uno tiene su hora para entrar y salir. El trabajador que por cualquier motivo no entre a la hora estipulada ha de comunicarlo a su superior para que este le asigne una nueva hora de entrada y salida.

-¿Y si un trabajador tiene alguna urgencia que le impida cumplir con el horario?

-Sería despedido. Nos tomamos muy en serio la seguridad en esta empresa. ¿Desea ver nuestros talleres?

-No. Con lo visto me doy por satisfecho en cuanto a seguridad y discreción.

-Le acompaño hasta su coche.

-No es necesario.

-Insisto.

En el parking Li observa que un autobús de la compañía para ante la nave de producción y se apea un invidente.

-¿Una visita turística?

-Uno de nuestros obreros. Empleamos obreros discapacitados. Forma parte de nuestro programa de seguridad.

Li se despide y se dirige hacia el hotel donde se aloja, a esperar la noche. Cuando esta llega sale y se dirige hacia una parada de autobús. Toma el primero que llega. Se apea en una calle en la que hay un negocio de alquiler de vehículos. Alquila un Porsche Boxster negro. Tras dar unas cuantas vueltas por las calles, haciéndose con los mandos, se dirige hacia la sede de la E. I. C. Aparca en un lugar oscuro y se quita la ropa típica de turista para quedarse con un atuendo completamente negro. Se dirige con premura a la entrada principal. Con un mini transmisor provoca un cortocircuito en una de las cámaras que vigilan la cabina. El vigilante, avisado por el controlador de la sala de monitores, sale a comprobar la cámara que funciona mal. Fuera del ángulo de la segunda cámara, Li aprovecha la distracción del vigilante al examinar la cámara inutilizada para entrar en el recinto. Agazapado en las sombras, Li se dirige hacia la parte del edificio orientada al norte, la parte del edificio que ofrece mayores irregularidades para ser escalada. Li empieza la ascensión. De vez en cuando se ancla a la pared y mira un pequeño radar que le señala una posición. Cuando el radar le indica que ha llegado a la altura de su objetivo, se desplaza verticalmente, para localizarlo en la planta. Una vez que lo ha localizado manipula la ventana. Comprueba que la alarma sonará si la abre, por lo que decide separar por completo el vidrio, sin tocar la parte de aluminio. Pasa al interior tras comprobar que no hay cámaras. Se dirige hacia su objetivo, guiado por el radar. Topa con una pared, tras la cual, según le indica el radar, está su objetivo. Advierte que la pared es una inmensa caja fuerte, que no tiene ninguna entrada en la planta. Busca una puerta para acceder a otra planta y solo encuentra la puerta del ascensor. Trata de imaginar el edificio poniéndose en el lugar de aquellos para los que fue concebido. Decide probar suerte en la planta de gerencia. Comprueba que en las puertas del ascensor no hay alarma. Las abre y empieza a subir por la caja. Observa que en donde no tendría que haber ninguna planta hay una puerta. La examina. Intenta abrirla pero no puede. La única manera de acceder a la planta es con el ascensor. Continúa subiendo hasta este. Comprueba que hay suficiente espacio entre la pared y el habitáculo para acceder a la parte superior. En la parte superior abre la trampilla de emergencia y comprueba que hay una cámara. Li intuye que no basta con interceptar la cámara, sabe que el movimiento del ascensor será captado por el sistema de vigilancia. Decide anular la cámara y descolgarse para investigar la botonera del ascensor. Comprueba que no hay botón específico para el piso que necesita abrir. Tampoco hay ninguna ranura en la que introducir una llave especial. Cree que puede tratarse de una combinación o de algún tipo de dispositivo que pudiese llevar encima la persona o personas con acceso a la cámara, o, seguramente, ambas cosas combinadas. No tiene mucho tiempo para descubrir la combinación. Siente los pasos de un vigilante que se aproxima, seguramente para comprobar lo que ha pasado con la cámara. Vuelve a ascender por la trampilla y la cierra. Aplica el oído para saber la diagnosis que transmite el vigilante. “Todo correcto. La cámara no presenta ningún desperfecto.”  Oye cómo se alejan los pasos. Vuelve a descolgarse. Desatornilla la botonera y la extrae. Estudia cuidadosamente los circuitos. Vuelve a escuchar lo pasos del vigilante. Atornilla la botonera y desparece por la trampilla. Escucha la monótona voz dando el informe. Se descuelga y sigue buscando la información que necesita en los circuitos. Encuentra cuatro combinaciones posibles. Con paciencia separa los circuitos de la botonera y vuelve a atornillar esta. Sale del ascensor y se desliza hacia la puerta oculta. Prueba una combinación y no se produce ninguna reacción. Prueba una segunda combinación y sigue sin producirse reacción. Introduce la tercera combinación y se abre la puerta de la cámara acorazada. Entra. Un hombre le sale al encuentro:

-Buenas, señor. ¿En qué puedo servirle? -Li le mira fijamente. -¿Señor? –La poca luz residual le sirve para comprobar que la persona que le interroga es invidente.

-No se moleste. Si le necesito para alguna cosa se lo haré saber.

-Como desee el señor. –El hombre le deja paso y toma asiento en una silla que hay al lado de la puerta del ascensor.

Conforme sus ojos se acostumbran a la poca luz, percibe que hay más personas en la cámara. La primera reacción que tiene es intentar esconderse pero advierte que nadie repara en él. Comprende, que todos aquellos hombres son ciegos, como el que está apostado junto a la puerta. Consulta su radar para localizar lo que busca. Se mueve entre los pasillos que forman los archivadores. Comprueba que están ordenados por años. Consulta el año presente, los pedidos de cobre. Encuentra una cantidad desorbitada que es desviada hacia una dirección en una isla caribeña, una empresa que es denominada T. Toma el documento y se lo guarda. Consulta el radar que le lleva hacia dónde está depositado el dinero que ha entregado a cuenta del pedido. El radar le indica el interior de una caja fuerte que está custodiada por invidentes. Se acerca y los invidentes le salen al paso.

-¿Le podemos ayudar, señor?

-No, -responde Li. – Ya me arreglo solo.

Se dirige a la puerta de la caja y prueba la misma combinación que en el ascensor. La puerta no se abre. Prueba el resto de combinaciones que ha detectado en los circuitos del ascensor. La puerta no reacciona. Se le acerca uno de los guardianes:

-¿Tiene algún problema, señor?

-No consigo recordar la combinación.

-Tal vez sea esta. – El hombre extiende su mano a la altura de la cara de Li y sopla. Li reacciona a tiempo, y deja de respirar antes de que las partículas del polvo que el hombre tiene en la mano le invadan las vías respiratorias. Con un gesto brusco aparta la mano y empuja al hombre y corre hacia la puerta del ascensor. Al llegar ve que entre su objetivo y él se interpone un ejército de archiveros ciegos. Sin pensarlo demasiado, abre un archivo, coge unos cuantos papeles y busca una toma eléctrica. La destroza y se ayuda de los cables para quemar los papeles, los cuales va distribuyendo entre los archivadores, provocando una gran humareda. A pesar de que la  atmósfera se torna irrespirable, Li comprueba que la distracción no basta para despejar el camino a la puerta ya que los invidentes, en lugar de dejarse llevar por el pánico, ahogan los pequeños fuegos provocados manteniendo una parte de sus efectivos en la puerta. Li decide ser más expeditivo. Coge dos cajones y haciendo el molinete se intenta abrir paso hacia el ascensor. Los cajones se estrellan contra cabezas, quiebran narices, parten labios, saltan dientes pero no merman las pobladas filas de invidentes, no se produce el pánico esperado y Li ha de poner sus cinco sentidos en no quedar atrapado por el entramado de manos que, acostumbradas a la oscuridad, intuyen cualquier variación que se produce en su entorno. Li, que empieza a ser presa del agotamiento, retrocede al ver que sus adversarios realizan una maniobra envolvente. En la distancia comprueba los estragos que ha causado en las filas de los archiveros. En el suelo, rojo de sangre, hay varios cuerpos, algunos retorciéndose de dolor, otros sin vida, pero las filas hacia la salida continúan cerradas, firmes, pétrea muralla de carne. Li recapacita sobre su situación. Retrocede en busca de tomas eléctricas, pero estas están cubiertas. Los archiveros no tienen porqué preocuparse en seguirle, les basta con permanecer en su sitio. Está atrapado en una cámara acorazada. Sopesa la rendición como una posibilidad de escape. La probabilidad de que lo quieran con vida es alta, pero no es segura. Retrocede hasta el corazón de la cámara, decide buscar al archivero que le ha intentado inutilizar con unos polvos. Es consciente de que siguen sus pasos e intentan acorralarle. En el micro mundo de la cámara, los archiveros invidentes están en su terreno, lo dominan, es el ecosistema al que se han adaptado a la perfección y él, el intruso, está en desventaja. Cómo si hubiesen captado su pensamiento, cierran filas en torno a su objetivo, el archivero de los polvos. Examina a otros archiveros, en busca de cualquier cosa que le pueda ser de utilidad. La vista de Li alterna entre los archiveros y los papeles archivados. Los senderos del pensamiento se disparan. El presente se engarza con la memoria de lo pasado. Se establecen relaciones entre lo que ven sus ojos en la actualidad y su niñez: “Bombas de harina, bombas de agua… papel, papiroflexia… harina, agua…”

No piensa más, actúa. Vacía un cajón en lo alto de un archivador. Lanza el cajón en la dirección contraria en la que se mueve y tras dejar inconsciente a un archivero lo rapta, lo separa del grupo y busca entre sus ropas, sus bolsillos… y obtiene premio. Con celeridad, moviéndose, huyendo sobre los archivadores, sus dedos recrean las tardes en que con sus amigos fabricaba bombardas, inocentes bombardas. “No como estas, no como estas…” En cada bombarda que fabrica con el papel obtenido de los archivadores deposita una cantidad del polvo que ha encontrado entre las pertenencias del archivero. Cuando tiene una cantidad estimable, se fabrica una honda y lanza las bombardas contra los archiveros que guardan la puerta del ascensor. Al golpear y explotar, los polvos se esparcen y, al ser respirados, causan disfunciones orgánicas entre las apretadas filas de archiveros. En medio de la confusión que se produce al intentar proteger sus fosas nasales, Li, vislumbra una oportunidad. Sabe que el momento de pasar desapercibido ha pasado. Salta hacia la puerta del ascensor, al tiempo que de su cinturón saca una pequeña bomba que magnéticamente fija en la puerta al tomar pie. Con gran rapidez vuelve a elevarse sobre las cabezas de los archiveros, ayudándose de sus cuerpos en varias volteretas que realiza para alejarse de la bomba. Una vez que toma pie sobre los archivos, vuelve a abrir sus pulmones, que ha mantenido cerrados para no aspirar los restos del polvo que ha esparcido entre las filas de archiveros. Se tira sobre los archivos y la bomba explota. Tras comprobar que la bomba ha abierto una brecha en la puerta, toma impulso y se cuela por el hueco del ascensor, agarra un cable y desciende por este hasta la planta por la que ha entrado. Abre la puerta del ascensor y se encuentra con una comitiva armada de automáticas.

-Señor Li, – Idi Ahmentollah avanza por un pasillo que le abre la comitiva. – Le confieso que he disfrutado bastante con sus andanzas. ¿Creía que el localizador que había en el maletín pasaría inadvertido para nuestros sistemas de seguridad?

-La verdad es que no lo creía. Me habría decepcionado si así hubiese sido. Me gustan los buenos recibimientos.

-Señor Li, por favor, mantenga las manos visibles. Estos hombres son muy susceptibles. Sí, así está…mejor. Verá, se está preguntando por qué, aún, está con vida. Necesito cierta información.

-Será consciente de que tenemos un problema.

-Yo no lo habría expresado de una manera tan bizarra. Sentido del humor no le falta. Espero que tenga tanto sentido común como del humor. Sería una lástima privar al mundo de un hombre de sus condiciones.

-Para el mundo no lo sé pero para el hijo de mis padres, no albergo ninguna duda.

-Quiero entender que estamos cerca de un acuerdo.

-Soy todo suyo.

 Fragmento de Cadáveres exquisitos, de Josep García

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