El Explorador Perdido

EL EXPLORADOR PERDIDO

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Un intrépido explorador de los que se recorren el planeta de la zeca a la meca organizó una expedición para atravesar un desierto que nunca antes nadie había cruzado. Además quería llegar hasta el corazón del desierto para saber si eran ciertos los rumores y leyendas que circulaban en torno a una especie desconocida de reptil.

Como todas las expediciones importantes, esta fue patrocinada por una gran empresa, y se vendieron los derechos a un importante grupo de telecomunicaciones. Durante varios meses estuvieron preparándola sin descuidar ningún detalle. Varias avionetas sobrevolaron el desierto tratando de recoger información aérea para establecer la mejor ruta.

Llegó el día de la partida. Se organizó un gran acto multitudinario para despedir a los componentes de la expedición, un equipo de aventureros, científicos, periodistas y comunicadores. Tanto fue el esmero con el que prepararon la expedición de cara a la opinión pública que tuvieron en cuenta el criterio de paridad hombre mujer, para caer en la más estricta corrección política.

Tardaron varias horas en embarcar todo el material. Salieron en olor de multitudes. Días antes de la partida oficial, un segundo equipo había salido para montar un campamento base y realizar los primeros estudios sobre el terreno, para que todo saliese a la perfección.

Cuando el grueso de la expedición llegó a destino, tras una serie de deliberaciones sobre lo que habían recogido los aviones y lo que había observado la avanzadilla, decidieron el recorrido del primer día. Por la noche, al acampar, volvieron a cotejar los datos para establecer el recorrido del día siguiente, y así cada día.

Tras varios días de marcha, y pensando, siempre según los datos, que estaban cerca de su objetivo, el explorador se adelantó con un pequeño equipo, para certificar que había sido el primero en poner el pie en el corazón del inmenso desierto. Tras un par de horas de recorrido, el explorador se separó de sus acompañantes para acercarse a unas rocas que le habían llamado la atención. Justo en ese momento, estalló una enorme tormenta de arena que duró todo un día. Al terminar el paisaje había cambiado. El explorador fue incapaz de encontrar a sus compañeros y empezó a deambular por el desierto, utilizando todos los recursos que conocía, esperanzado en que sería encontrado pronto, ya que enviarían algún medio de socorro en su busca.

Los días fueron pasando, y no había señales de ninguna expedición, de ningún avión, de ningún ser humano. Y él era incapaz de encontrar el camino de vuelta, el cambio total de paisaje se lo impedía. Agotados el agua, la comida y todos los recursos, al límite de sus fuerzas, empezó a suplicar por un milagro.

Con los labios cortados, la piel quemada, los pies destrozados, arrastrándose llegó hasta una figura que se erguía en medio de la nada más absoluta. Alzó la vista y vio un tótem. Lo abrazó y empezó a suplicarle por su vida y a pedirle agua, que si se lo concedía abrazaría su culto.

Estando en estas cuitas, llegó un aldeano del lugar, accionó un botón y llenó un cubo de agua. Ante la mirada de estupefacción del aventurero le dijo:

-Aquí no somos supersticiosos.

Josep García

Esta historia la vi en una tira cómica hace muchos años y me llamó mucho la atención. Es una de las historias que suelo contar a los chicos que me toca en suerte educar.

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