La Noche

LA NOCHE

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Cuentan que, en cierta ocasión, un hombre había de desplazarse de un pueblo a otro. Los pueblos se hallaban a cierta distancia. Los asuntos que tenía en el pueblo de destino eran urgentes. Requerían de su presencia y había de estar presente si o si. El hombre no tenía caballo ni carro ni medio de locomoción. Para su desplazamiento había de utilizar la diligencia que hacía su recorrido entre la capital y la cabeza de partido. Esta, puntualmente, paraba en el pueblo del que había de partir el hombre a las doce en punto del mediodía. Cambiaban los caballos, se refrescaban los viajeros, y el cochero, y a los diez minutos exactos se ponían en camino.

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El hombre tuvo la mala suerte de perder la diligencia, ya que un desafortunado descuido hizo que tuviese que volver sobre sus pasos para coger unos documentos que necesitaba. El tiempo que tardó en volver y buscar los documentos, que no estaban dónde los había dejado, hizo que perdiese la posibilidad de formar parte del pasaje de la diligencia.

Como el asunto que le requería era urgente y no podía esperar, decidió salvar la distancia entre ambos pueblos a pie. Tenía tiempo antes de que cayese la noche. Para no perder un minuto, decidió comer algo en la posta en donde paraba la diligencia.

Mientras comía, entraron algunas personas que conocía para refrescarse y comer alguna cosa. Estas, que venían en animada charla, se sentaron con él a la mesa y le pidieron opinión sobre el tema del que hablaban. El hombre se animó y se entretuvo más de lo que debía, por lo que se le hizo un poco tarde.

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Al expresar su deseo de marchar, los conocidos que habían compartido con él la mesa, intentaron disuadirle, ya que le anochecería por el camino y este era peligroso para las personas que no lo conocían bien. A esto se le sumaba que por esas tierras, un bandolero hacía su agosto asaltando a los viandantes solitarios, a los que la noche sorprendía lejos del hogar.

El hombre escuchó las razones que le esgrimían sus compañeros de tertulia pero les dijo que no tenía más remedio que hacer ese camino, a pesar de lo tarde que era, ya que un asunto urgente requería de su presencia a primera hora. Tras escuchar sus razones, los tertulianos le despidieron deseándole suerte para que llegase a su destino sin ningún mal tropiezo.

El hombre cargó sus alforjas con algo de comida y agua para el camino. Salió del pueblo dispuesto a llegar a su destino a primera hora de la mañana. Como era natural, la noche lo cubrió todo con su manto y al pobre hombre le empezó a entrar cierta congoja. Entre lo poco que veía, los ruidos de la noche, las formas de los árboles, las historias que se le venían a la cabeza sobre fantasmas y las noticias de un bandolero suelto, al hombre le empezó a faltar el valor e invadirle el miedo.

A fin de protegerse un poco, en lugar de ir por en medio del camino, prefirió hacerse a un lado y caminar protegido por la maleza y los arbustos. La noche se iba cerrando, no había luna y el poco calor que le quedaba de la conversación en la posta le abandonó y en su lugar se instaló el frío de la noche.

Hacia la media noche notó que algo tiraba de él y le impedía avanzar. Instintivamente levantó las manos y empezó a suplicar por su vida. Como seguía preso y la fuerza que le retenía no menguaba, empezó a vaciarse los bolsillos, ofrecer su hacienda, un rescate por su vida y juramentos de toda clase. Pero por más que hablaba, suplicaba y lloraba, no obtenía respuesta de su raptor y esto le atemorizaba aún más.

Al día siguiente, la diligencia se encontró al hombre, trabado por una rama que se le había enganchado en la capa, completamente congelado, aterrorizado y con todos los objetos de valor desparramados por el suelo.

-Con haberse atrevido a mirar detrás de él habría salvado la vida,-comentó el cochero.

Versión de Josep García de la historia que ha oído relatar a José García.

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