Cadáveres Exquisitos

VII

NOCTURNO

 Ceremonia del te 160

Acabada la cena se dirigen en góndola hacia la Plaza de San Marcos. Al llegar toman tierra y se dedican a recorrer y admirar los edificios. Pasean despreocupados, sin rumbo aparente. De manera inconsciente se dirigen hacia un escenario improvisado en dónde un cuarteto interpreta varias piezas de cámara. El detective nota que han llamado la atención de alguien. No altera ni uno solo de sus músculos. Busca entre la multitud, aparentemente despreocupado, una mirada furtiva. Entre las sombras se percata de la presencia de dos individuos. Dos tipos anodinos, de esos que pasan desapercibidos en cualquier lugar, momento y circunstancia. Su cometido es solo de vigilancia. No presentan una amenaza inmediata. El hombre o los hombres contratados por la organización para asesinar no quieren manifestarse. Aún es pronto para mostrar el potencial. Por la forma en que se comunican sabe que lo han reconocido. Sus adversarios ya saben a quien se enfrentan. No parece importarles. “Debe de ser muy bueno el asesino que hallan contratado para el trabajo.”

Continúan paseando entre los edificios cargados de historia:

-Justo en esta esquina murió asesinado un soldado austriaco.

-La gente debía de estar muy descontenta con la ocupación.

-Como en todas partes. No murió por motivos políticos. Asuntos de faldas.

-Un marido celoso.

-Un amante celoso. El militar, un capitán, cortejaba a una rica dama, casada con un viejo avaro. Un viejo muy liberal. De hecho, su fortuna la había hecho a costa de vivir de las damas. La dama, en cuestión, se dejó cortejar pero esta tenía otros amantes. Uno de ellos expresó que jamás la compartiría con un austriaco. Así que un día lo esperó, justo aquí, y cuando salió por la puerta lo abordó y le retó a duelo. El austriaco, un caballero a la antigua usanza, aceptó y se despidieron tras quedar en que el oficial enviaría sus padrinos a la residencia del amante patriota. No hubo dado dos pasos cuando una dama, la amante del patriota, sabiendo de la habilidad que el oficial gastaba con las armas y que este le retaría para no haber de compartir a la dama del avaro, le esperó y ganándose su confianza, cosa que no le debió de resultar difícil, lo mató con una daga, la misma daga con la que su amante la atravesó a ella acusándola de haberle robado su honor al impedir su enfrentamiento en caballeroso duelo.

En el puente de los suspiros se paran a contemplar las negras aguas que tienen debajo.

-Un triunfo de la voluntad. Una gran locura contra natura.

Como ha previsto, los observadores les siguen a una distancia prudencial. La cuestión está en si debe sorprenderles y sacarles información o es mejor enseñarles el hotel en dónde se van a alojar, haciéndoles creer que no se ha percatado de su presencia. Piensa en lo que es más ventajoso para jugar su partida. Se decide por lo segundo. Respirando la noche veneciana conduce a sus vigilantes hasta el hotel. En recepción les informan de que su equipaje ya se halla en las habitaciones, contiguas y comunicadas.

En las habitaciones, el detective anula la puerta de acceso a la habitación de Porta. Comprueba las ventanas y mesura las posibilidades de que alguien las pueda utilizar para su pesar.

-Habrá que sacrificar las vistas.

-No. Sería una señal de que hemos advertido que somos vigilados. Debemos correr algún riesgo. ¿Tienes miedo? –Porta asiente.- Sería una temeridad lo contrario. Descansemos. No creo que esta noche se atrevan a nada.

-Podemos hacer turnos.

-Créeme, esta noche no será necesario. No tenían órdenes de actuar, sólo de observar.

-Prepararé tu alimentador.

-No. Ya lo haré yo. – El detective coge una maleta hermética y monta un cargador portátil que se conecta, como si de una máscara se tratase, a las fosas nasales. Porta, mientras se desviste, mira cómo realiza la operación. Cuando se sume en el descanso, se acerca y comprueba que todo funciona correctamente. No puede evitar acariciar su mano y besarla. Se queda un rato junto a él, en pie, contemplando su cuerpo en reposo. Luego se dirige hacia su cama. Al pasar junto a la ventana siente un escalofrío. Se mete entre las sábanas y apaga la luz. En la penumbra ve la figura del que no vive, conectado a la batería. Se resiste a cerrar los ojos pero al fin el cansancio la vence y el sueño se apodera de su voluntad.

Josep García. Fragmento de Cadáveres exquisitos.

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