La Sentencia

LA SENTENCIA

 Ceremonia del te 147

Hace muchos años, un territorio se hallaba sumido en una guerra despiadada y sangrienta. Los bandos contendientes agotaban sus recursos a un ritmo desproporcionado. Sus industrias hacía tiempo que estaban destinadas única y exclusivamente a la producción bélica, con lo que generaban poca riqueza, solo destrucción. Sus economías estaban seriamente comprometidas por el esfuerzo bélico. Los recursos humanos, los soldados, empezaban a escasear. Ambos bandos habían llamado a filas todo lo que podía ser reclutado. El frente estaba establecido y hacía meses que no se había movido. La guerra había pasado a ser de desgaste, por tiempo indefinido, sin horizonte final. Ganaría el bando que pudiese sacar más partido a sus escasos recursos.

La moral de los combatientes estaba bajo mínimos. Los mandos habían de tener mucho cuidado y evaluar cualquier medida que quisiesen tomar, y que pudiese influir negativamente en la moral de la tropa.

El caso, es que una noche, un joven soldado, de los últimos que habían sido reclutados a la fuerza, estaba de guardia. Le había tocado. El día había sido bastante duro, llevando correos entre las posiciones, descargando aprovisionamientos, cavando trincheras, limpiando letrinas, todo bajo el bombardeo continuo de la aviación del bando contrario, y como premio de consolación, una guardia. El joven estaba rendido y no pudo evitar cerrar los ojos.

El cabo acertó a pasar por allí, y al ver al joven con los ojos cerrados le zarandeó y le llamó la atención. El sargento, que se dio cuenta de la conversación del cabo con el joven, le pidió explicaciones al cabo. El cabo le dijo:

-No pasa nada, sargento. El cansancio nos puede pero estamos alerta.

Un capitán acertó a oír la frase y entró en la conversación:

-¿Se ha dormido el soldado en la guardia?

-No ha sido nada, capitán,-contestó el sargento.

-¿Se ha dormido, soldado?,-Volvió a preguntar el capitán.

-Una cabezada, señor. Un instante. No le ha dado tiempo a dormirse, he llegado a tiempo.

-¿Se ha dormido, soldado?,-preguntó el capitán directamente al joven.

El sargento y el cabo le hacían señas con la cabeza de que no hablase más de lo necesario, de que respaldase sus palabras, pero el joven creyó que era mejor decir la verdad.

-Sí, señor. Me he dormido. Lo siento.

El capitán creyó que había de dar un escarmiento al joven y lo envió al calabozo. Por desgracia, ahí no quedó todo. Antes de poder hacer su informe, en que el capitán pensaba poner una falta leve, el coronel visitó los calabozos y preguntó al joven.

-Me dormí durante la guardia,-respondió el joven, sin saber que con ello firmaba su sentencia de muerte, ya que dormirse durante la guardia estaba penalizado con la muerte.

El coronel, al igual que el capitán, creyó que había de dar ejemplo y reunió un tribunal militar, que en aplicación de la ley, condenaron al joven a muerte. El capitán creía que se debía de dar ejemplo pero que la sentencia era excesiva para un joven que tenía buen comportamiento y que podía minar la moral de la tropa. El coronel estaba de acuerdo con el capitán pero estaba atrapado entre la espada y la pared. El tribunal había dictado sentencia y esta se debía de cumplir.

Llevado de cierta clemencia, llegó a un acuerdo con el capitán. Si este conseguía el perdón del general, la única autoridad para conmutar la sentencia, perdonaría al joven y este no sería fusilado.

El capitán aceptó y pidió audiencia con el general. El general, ajeno a la problemática del frente e imbuido de los absurdos valores militares, redactó una nota que procedió a firmar:

Perdón imposible, que se cumpla la sentencia. 

Firmado 

El General

El capitán cogió la nota y se dirigió hacia la prisión en donde estaba el joven, esperando el perdón o el cumplimiento de la sentencia. Estaba abatido. Aquel joven iba a ser condenado por no haber redactado un informe en su debido momento, un informe en el que se dijese falta leve, sin especificar. Ahora, en lugar de eso habría de redactar una nota comunicando a la familia su fallecimiento, una nota con el lápiz que tenía en el bolsillo. Se tocó el lápiz y se le iluminó la cara. El general había redactado la nota con lápiz.

Sacó la nota, la miró, tomó la goma, borró y corrigió. El coronel, al ver la orden del general suspiró aliviado. Su honor quedaba a salvo y el joven perdonado. Para futuros casos no volvería a reunir un tribunal militar. Utilizaría el sentido común antes de dejarse llevar por la rigurosidad de una legislación obsoleta y cruel.

El capitán, aquella misma noche, escribió una carta de agradecimiento a su maestro de lengua. Gracias a este, había conseguido salvar una vida, lo mejor que había hecho en aquella guerra interminable.

Años más tarde, un padre de familia le mostraba a su hijo la fotocopia de la orden, redactada a lápiz, que le había salvado la vida.

Perdón, imposible que se cumpla la sentencia. 

Firmado 

El General

 Versión de Josep García de una historia oída durante un verano, y que parece que recoge el señor José Antonio Millán

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