Desde mi Ventana

Fragmento

Ceremonia del te 196

Me dirigí hacia una terraza del centro. Caminaba ensimismado, algo que es muy normal en mí, apenas atendí a tres o cuatro saludos que me dirigieron. Por un momento, automáticamente, me encontré camino de la librería. Con cierta abulia enderecé hacia cualquier terraza. Me detuve al pasar ante el cine, me había llamado la atención el cartel de Ordet, y miré los horarios. “Mañana vendré”, pensé, y continué.

Me senté en una terraza y pedí un café con leche. Me entretuve viendo pasar a la gente. Primero me fijaba en la forma de caminar y si me llamaba la atención me fijaba en la cara. Pasó un hombre que caminaba con el cuerpo muy echado para delante y su cara correspondía a la de un cromañón, poco más o menos. Pasó una moza muy estirada, supongo que para lucir su busto, única cosa que podía lucir, pues su rostro era el de una persona que había injerido pepinillos amargos. Un muchachillo que caminaba como a saltitos tenía la semblanza de un conejo. Acertó a pasar una señora que caminaba cabizbaja, no sé si bajo el peso de sus pechos o de su nariz, que me hizo pensar en la muerte del loro.

A todo esto empecé a sentir cierto cosquilleo en la pierna. El tobillo, la pantorrilla, la rodilla… pero no hice por rascarme, embebido como estaba en mi juego de relaciones pateticofaciales. Muy interesantes unas facciones que parecían haber sido aplastadas contra una pared, de caminar vanguardiapélvico.

Un balón, que se le había escapado a un colegial, bajó rodando e hizo besar el suelo a una viejecita que se apoyaba en un bastón. El niño, atolondrado tras el balón, propinó un doloroso toque con el cráneo a un viandante que adquirió una posición casi fetal. Un hombre que se ofreció a ayudar a la anciana pisó su bastón, provocando que este golpease en la testa a la anciana que había empezado a ser socorrida por un pollino que se encontró con la cabeza del espontáneo al intentar averiguar el origen del bastonazo, por lo que soltó a la vieja que volvió a besar el suelo. A todo esto, el balón había llegado hasta los pies del nota de las terrazas, que de un estupendo chupinazo lo estrelló en la bandeja de un camarero. Botellas, vasos y platos volaron describiendo una parábola preciosa que estalló irisadamente al contacto con el suelo.

La gente se levantó de sus asientos. Del interior de los establecimientos salieron mirones. Los aficionados al corrillo no tardaron en apiñarse. La densidad humana y la lingüística, variedad de exclamaciones, corrían parejas, aumentaban a una velocidad uniformemente acelerada. El muchacho cogió su pelota y se fue, tan campante, ajeno a cuanto sucedía. El dueño del bar salió, husmeó, oteó y se dignó ordenar que ayudasen al compungido camarero y a la incrédula anciana. El nota, igual que el chiquillo, tomó las de Villadiego.

Josep García

Frgamento de Desde mi ventana. Novela trófica

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