Cadáveres exquisitos

VI

VENECIA

 Ceremonia del te 167

– ¿Has leído los informes?

-Sí, has hecho un buen trabajo de documentación. Si piensas lo que creo ya te he dicho que lo olvides. Lo hemos hablado muchas veces.

-Lo sé.

-Te veo cansada. Vamos, te invito a cenar. No acepto un no, mañana será otro día.

-De acuerdo, deja que me arregle un poco.

-¿Qué me pongo?

-¡Smoking!, por supuesto.

-Por supuesto.

Giussepe, uno de los colaboradores de la organización, conduce el vehículo hasta la ciudad. Son muchas las personas que a lo largo del tiempo han pasado a prestar sus servicios a la organización. Giussepe es el hijo de Tomasso, uno de los más afamados ladrones de guante blanco de la historia. El mundo nunca sabrá que, durante años, el Louvre exhibió una falsificación de la Gioconda, hasta que esta fue de nuevo reemplazada por el original, recuperado por el detective. Esta sólo fue una de sus muchas hazañas delictivas, entre las que se cuentan el robo del diamante del Sultán de Kindestán, el cargamento de oro de la Gold Rodhesia Enterprise mientras era transportado en tren, un huevo de oro macizo que había pertenecido a la familia del zar, el tapiz de la creación, una hermosa pieza de la catedral de Girona, y un largo etcétera. Bien es cierto que redimió sus días de amigo de lo ajeno exponiendo su vida como espía al servicio de los aliados en la guerra europea. Uno de sus mayores logros fue la captura de un tren cargado de tropas con destino a Normandía. Acabada la guerra, sus habilidades le sirvieron para salvar la vida a más de un preso político en la España franquista. Giussepe había heredado las habilidades y la inteligencia de su padre pero nunca las había utilizado para el crimen. Todo lo que pudo aprender de su padre lo puso a disposición de la organización, ocupando la bacante de su padre, felizmente retirado del mundanal ruido. Al llegar al embarcadero suben a una góndola que les lleva hasta un antiguo palacio renacentista, hermoso edificio de tres plantas con ventanas, de arco de medio punto cuyo intradós alberga dos arcos de medio punto que comparten un parteluz y un ojo de buey a modo de punto sobre la i, enmarcadas por columnas adosadas. El edificio se ha convertido en casino.

-¿Me permite? – Una azafata despoja de su capa a Porta.

-Dos, – habla el detective.- Si está ocupada la que hay junto a la chimenea esperaremos.

Pasan al interior conducidos por el maître. Este les indica unos sillones para que se acomoden mientras esperan. Un camarero les sirve un par de Martinis negros.

-El señor tiene una llamada.

-Disculpa. – El detective se levanta y sigue al camarero. Porta les sigue con la mirada mientras humedece los labios en el Martini.

-Tenemos un par de habitaciones en el Danieli.

-Yo necesito estar junto a los ordenadores.

-Se encarga Giussepe. -Porta muestra su alarma.- Tienes un portátil esperándote en la habitación. Giussepe no profanará tu santuario, aunque habilidad para hacerlo no le falta, tuvo un buen maestro.

-¡Tomasso!, su padre, – ante la mirada de aprobación del detective,- hago los deberes.

-Basta de hablar de trabajo.

-Tú has empezado. Me ofreces una noche de relax y a mis espaldas estás reservando habitaciones en primera línea.

-Ha sido y será lo único que haga esta noche. No más trabajo hasta mañana.

-¿Y por qué dos?

-¡Porta!

-Mírame, soy una mujer adulta.

-Necesitamos… cierta independencia…

-Me sentiría más segura si compartiésemos habitación.

-Yo también soy adulto, o eso creo, y tengo derecho a… tengo derecho… el caso es… ¿Qué te parece Venecia?

-¿De qué tienes miedo?

-¡Miedo! Sí, no. No tengo miedo.

-La idea no te puede parecer rara… Lo siento… no debí…

-No pasa nada. No importa.

-Te estoy hablando como una perfecta idiota. Debo de parecerte una especie de colegiala salida.

-No. En absoluto. Te respeto y te admiro. No, ni mucho menos me pareces una colegiala. Solo pretendes… te has dejado llevar por los nervios persiguiendo un… no se cómo expresarlo, hay tantos sustantivos, y todos me parecen tan inadecuados… Te quiero pero no creo que sea el momento para iniciar una relación.

-Yo te quiero y estoy preparada para iniciar una relación.

-Me alegro.-Le coge la mano.

El camarero les indica que ya pueden sentarse a la mesa. Se levantan dejando los martinis en la mesita. No tardan demasiado en decidir lo que quieren. Dejan el vino a la elección del maître.

-Viví una temporada en la ciudad. Hace algún tiempo.

-¿Guardas buenos recuerdos?

-Sí, muy buenos. En este mismo salón, justo ahí, apoyado en la repisa de la chimenea, fui retado a duelo. Nada importante. Un joven impulsivo, hijo de una ilustre familia, fue manipulado por el asesino de los siete sellos a causa del amor que sentía por una cortesana que, según pensaba, me ofrecía sus favores.

-¿Y era cierto?

-Era mi confidente, mis oídos y mis ojos, dado su oficio. Nos veíamos a menudo, unas veces en la mancebía y otras en mi domicilio. El caso es que yo sabía que iba a ser objeto de ese reto y sabía quien había envenenado la mente del joven. Al saber quién había sido supe que mis indagaciones iban en la dirección correcta.

-¿Cómo te libraste del duelo?

-No me libré, tuve que aceptarlo. En aquellos tiempos, el haber rehusado, hubiese sido un signo de cobardía. Quedamos en que yo le enviaría mis padrinos para que concertasen el lugar, el día y la hora. Mis padrinos recibieron instrucciones de demorarlo todo lo que permitiese la fogosidad de mi joven oponente. Confiaba en que esta demora sería suficiente para atrapar al asesino y demostrar que el joven había prestado oídos a la persona equivocada. No confiaba en que ello fuera posible, ya que uno de los padrinos del joven era mi asesino que, sabiéndose cercado, buscaba mi muerte a toda costa. El joven estaba bien elegido ya que, si no me daba muerte, sería su familia la que se ocuparía del caso. Se acordó en celebrar el duelo dos días más tarde, de madrugada. El asesino esperaba que la premura me hiciese caer en la precipitación. Tengo que decir que por aquel entonces aún no había conseguido alterar la densidad de mi ropa.

-Debía de ser un espectáculo para chicas verte atravesar las paredes.

-Sin comentarios.

-¿Cómo conseguiste evitar el duelo?

-No lo evité. Acudí y dejé que el estoque del joven atravesase mi ropa, bajo la cual tenía una vejiga con sangre. El médico certificó mi herida, que diagnosticó como muy grave. Mis padrinos me acercaron a mi residencia, dónde estuve con fiebres altísimas, debatiéndome entre la vida y la muerte. Yo tenía previsto que mi presa se acercase a jactarse de cómo había escapado a mi persecución. Y lo hizo. Una mañana, de madrugada, se acercó a mi residencia y le dejaron pasar a mi habitación. Allí confesó todos y cada uno de sus crímenes, sin ahorrar ningún tipo de detalle, regocijándose en el dolor que supuestamente me causaba su relato y mi fracaso. Cuando hubo terminado, el jefe de policía acompañado de varios testigos, entre los que se hallaba mi joven oponente en el duelo, salieron de la habitación de al lado, oculta por una cortina. Intentó escapar por la ventana pero, como lo había previsto, había dado orden de atrancarla. Cuando quiso retroceder hasta la puerta ya era tarde y, en su desesperación, se abalanzó sobre mi, exclamando: “Tú me seguirás al infierno.” Ante su sorpresa le detuve la mano que empuñaba la daga que con tanto éxito se había jactado de utilizar en más de una ocasión. Se la retorcí hasta que el dolor le hizo soltarla y fue entonces cuando comprendió que todo su plan se había vuelto contra él y había sido objeto de un engaño, una burla del destino. Vi dibujarse en sus ojos la desesperación. Cejó en todo forcejeo, no ofreció resistencia a los brazos de la autoridad, y en un último intento por superar la jugada de que había sido objeto se deshizo de sus captores, se abalanzó sobre la daga y se quitó la vida. Fueron vanos los intentos de la justicia por devolverle la vida, o por mantenerle consciente el tiempo suficiente para ser juzgado y ejecutado. Su conciencia se salvó de la vejación y la ejecución, su cuerpo no. Fue ajusticiado públicamente y exhibido para escarmiento.

-Sabes cómo hacer que una chica se sienta bien en una cita.

-Lo siento. Hablemos de ti.

-¿Qué quieres saber?

-¿Qué te impulsó a regresar? Te pudiste quedar como profesora, siempre pensé que te gustaba enseñar.

-Ya hay bastantes profesores; si, me gusta enseñar pero sentía, siempre he sentido que mi puesto estaba aquí. Estoy donde siempre he querido estar y con quien siempre he querido estar. Poco más le puedo pedir a la vida.

-Felicidad…

-Soy feliz.

-No lo dudo pero sabes que yo no puedo darte… no creo que seas completamente feliz conmigo.

-¿Lo dices por la diferencia de edad? ¿Temes no dar la talla? Hay productos en el mercado que… te pueden ayudar a resolver ciertos problemas, si es que los tienes….

-No, yo hablo de familia… no puedo darte una familia.

-Eres como todos los hombres. ¿Cuando vas a dejar de comportarte como un adolescente? Te estoy pidiendo una relación informal, no un compromiso con obligaciones matrimoniales…

-Lo sé, pero para mí es todo un problema…

-No me dirás que no te gusta irte a la cama con jovencitas.

-Si, lo hago pero… no las he sentado en mis rodillas ni he jugado con ellas a papás y mamás.

-Y si no me hubieras sentado en tus rodillas y no hubieras jugado conmigo a lo que sea… sería una de esas jovencitas que de vez en cuando metes en tu cama.

-Mucho mejor que eso.

-Pues empieza a mirarme como a una mujer.

Josep García. Fragmento de la novela Cadáveres exquisitos

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