La Sopa

LA SOPA

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Hace un tiempo, un rey se dirigía a la batalla con sus caballeros, generales y soldados. El rey creía que debía de extender sus dominios. Generalmente es lo que hacían los reyes cuando habían de recompensar a sus nobles, aquellos que le guardaban las posaderas sometiendo a la población en su nombre, y no tenían con qué. Emprendían las conquistas de nuevas tierras para obsequiarles. Naturalmente, como los nobles eran tan inútiles, en asuntos militares, como lo eran los reyezuelos, estos habían de confiar su suerte a mercenarios, tipos que por una buena paga diseñaban un plan, reclutaban huestes a fuerza de dinero y forzaban a campesinos y artesanos para que se dejasen matar en el campo del honor.

Como era costumbre, los ejércitos se dieron cita en el campo de batalla y plantaron sus tiendas intentando ganar la partida con el posicionamiento de las tropas. Las tiendas de los caballeros se plantaron algo más alejadas del terreno de operaciones, y la del rey sin vista a las operaciones.

Tras plantar las tiendas, quedó claro que las tropas del rey habían perdido la batalla y, algo habitual, los mercenarios decidieron desertar y cambiar de bando. Entre los nobles hubo división de opiniones. Hubo quien se quedó a negociar por su vida y hubo quien pensó que negociaría mejor tras las murallas de su castillo.

El rey intentó huir, pero desgraciadamente, otro grupo de nobles pensó que ganarían bastante con su entrega al rey rival, por lo que le privaron de caballo y apoyo para la huída. Este, se deshizo de su regio manto, se vistió con la ropa de sus sirvientes y salió por piernas.

Como aquellos parajes eran totalmente desconocidos se perdió. Se adentró en una zona pantanosa y estuvo a punto de ahogarse. Perdió la noción del tiempo. Estuvo varios días vagando sin rumbo, sin comida ni bebida, durmiendo lo justo y necesario, temeroso de todo lo que se movía en aquel paraje inhóspito para él.

Exhausto, famélico, aterido por el frío, con los pies descalzos, tuvo la suerte de percibir el olor de una chimenea. Miró y en la linde del pantano vio elevarse una columna de humo, fijó la vista a ras de tierra, entre los árboles y logró distinguir una luz que salía de una humilde morada de adobe y paja. Se acercó sigilosamente y comprobó que la morada estaba ocupada por un hombre bastante mayor. Con presteza se dirigió hacia la puerta y llamó pidiendo morada y un poco de comida.

El hombre le acogió en la morada, que se componía de una sola estancia, con una chimenea en un extremo, sin muebles.

-Tenéis suerte, iba a comer un poco de sopa que me acabo de calentar.

El hombre se acercó al fuego, sobre el que había un trípode con un caldero. Metió una escudilla de barro para coger el agua caliente de su interior. Tomó un poco de pan duro, lo partió en varios trozos y echó algunos a la escudilla que ofreció al rey. Este, acuciado por el hambre, dejó la escudilla limpia, se relamió los dedos y los labios y cayó en un profundo sueño, no sin antes asegurar que aquella sopa era el plato más rico que había probado en su vida.

A la mañana siguiente le despertaron unos cascos de caballo. Adormilado, salió al exterior pero ya era tarde, varios jinetes le rodeaban. Uno de ellos lo reconoció y se le acercó con su caballo.

-¡Qué suerte haberos hallado, majestad! Vuestra montura.

El rey estaba desconcertado.

-Hemos ganado, señor. A vuestro rival le dio un acceso de fiebre y murió, dejando vacante su trono. Sois rey de las dos tierras.

El rey se alegró ante la noticia, tomó su caballo y sin dar las gracias al hombre que lo había socorrido, comportamiento habitual en todo rey que se precie, corrió a disfrutar de sus nuevas responsabilidades y privilegios.

Lo primero que hizo fue mandar organizar un banquete, en que pidió expresamente que se sirviese una sopa tan exquisita como la que había probado la noche anterior. Cuando la sopa que preparó el cocinero llegó a sus labios comentó entre los asistentes al banquete que no estaba mal pero que no superaba a la que hacía el hombre del pantano, así que despidió al cocinero por no haber superado la sopa de la noche anterior.

Hizo una proclama que hizo llegar a los rincones más recónditos del mundo conocido. En ella hacía saber que buscaba un cocinero que estuviese a la altura de un rey. Se presentaron cocineros de todos los lugares conocidos y hasta desconocidos de este mundo, pero ninguno era del gusto del rey, para desesperación de su corte, que creían que este se había vuelto loco por unas fiebres cogidas en el pantano. Estos, su corte y demás aduladores, veían pasar con desesperación un cocinero tras otro. No había manera, ninguno era del agrado del rey, a pesar de los excelentes platos y las buenas sopas que preparaban. El rey no había encontrado una sopa tan exquisita como aquella.

Sabiendo que los nobles murmuraban a sus espaldas, decidió demostrarles que su insatisfacción con los cocineros era más que justificada. Organizó una expedición a la morada del hombre del pantano.

Este se espantó al ver a tanto caballero. Pero el rey le calmó diciéndole que había invitado a toda su corte a probar el plato más exquisito que había comido en su vida, su sopa de pan duro. Consciente de que el interior de la morada no daba para albergar a todos sus nobles, hizo montar pabellones de tela y dispuso mesas y sillas. Hizo encender fogatas para albergar varias perolas y ofreciéndole varios kilos de pan duro al hombre que lo había acogido en su casa, le ordenó que preparase aquella sopa tan exquisita con la que lo había obsequiado la noche en cuestión.

El hombre fue a por agua. Llenó las perolas y las mandó poner al fuego para calentar el agua. Mientras se calentaba, pidió a los ayudantes de cocina que había traído el rey que partiesen el pan. Cuando el agua estuvo caliente, sumergió las escudillas de barro que el rey había hecho fabricar para la ocasión y, una vez llenas de agua, echó el pan en ellas. Cuando el rey probó la sopa escupió su contenido y bramó contra el hombre del pantano.

-¿Qué es esto? ¿Nos quieres envenenar? Esta no es la sopa que me ofreciste la otra noche, rufián, ahora mismo te voy a cortar el cuello por no haber sabido complacer a tu rey.

-Señor, recapacitad,-pidió el hombre.- La noche en que llegasteis a mi casa veníais cansado, sin dormir, y sin haberos llevado nada a la boca en varios días. Es normal que el pobre plato que os ofrecí, indigno de un rey como vos, os pareciese lo más exquisito que habías probado en vuestra vida. Ahora, con el hambre calmada, el mismo plato os parece lo que realmente es, un pobre remedo para un regio paladar.

-Tenéis razón. Y para demostraros que soy justo, y se reconocer mis errores, os recompenso con vuestra vida. Podéis salir en paz de mis tierras.

Y así fue como el rey dio ejemplo de justicia y equidad. Se quedó con la casa y las tierras de aquel hombre que una vez le había acogido en su casa y probablemente le había salvado la vida.

Josep García

Basado en un cuento popular

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