Cadáveres Exquisitos

I

LA SEÑORA PAULA SEDIPAVOR

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La fábrica está desierta. A las ocho en punto suena la sirena, los obreros paran las máquinas y abandonan las instalaciones. Unos tras pasar por los vestuarios y cambiarse de ropa, incluso ducharse. Otros directamente, sin ritos de ninguna clase. La esclavitud salarial es demasiado dura como para prolongarla entre las paredes de un vestuario, por muy aséptico que sea. Rolando Sacapuintas, el accionista principal, aún se queda un rato. Siempre lo hace. Pero siempre se queda solo. Ese día no, al igual que el anterior y el anterior y el anterior… Desde las sombras alguien le observa, no le pierde de vista, le vigila: “Tú mataste a la mujer que compartía tu techo. Lo sé. Tengo pruebas. Sé cómo lo hiciste. Pero me falta un cuerpo. Necesito el cuerpo. ¿Qué hiciste del cuerpo?”

-Mi marido me quiere matar.

-¿Por qué cree eso, señora?

-Está con otra; tiene una amante.

-Ese no es motivo para querer matar a nadie.

-Sí, si quisiese mi dinero. Y mi dinero le es necesario para retener a su amante. El divorcio supondría un reparto de bienes con el que perdería la mayoría de las acciones de la empresa. El sólo tiene el diez por ciento. Con esto perdería el dominio sobre estas, y no podría mantener el ritmo de vida que le exige su amante. Para quedarse con la empresa y con su amante necesita mi desaparición.

-Puede tener su lógica. Tiene su lógica. Pero ello solo son conjeturas. Para afirmar una cosa tan seria, como la planificación de un asesinato, se necesitan pruebas.

-No tengo pruebas, pero no sólo son sospechas. Lo que quiero decir es que no tengo pruebas materiales pero si la certeza, por una serie de indicios, de que me van a matar.

-¿Me puede decir cuales son los indicios que le hacen deducir que su vida está en peligro?

-Hace algún tiempo sorprendí una conversación entre mi actual cónyuge y su amante. Yo había salido unos días y aprovecharon la ocasión para tomarse algunas libertades en nuestra residencia. Por motivos personales adelanté mi regreso. No, aunque sabía lo de mi marido con Laura Modura, no buscaba sorprenderles. De hecho envié un telegrama anunciando mi vuelta, no deseaba encontrarme con ninguna situación violenta en mi propia casa. No sé los motivos por los que el telegrama no fue recibido. Llegué a la residencia. Me encontré con que no había servicio, mi marido se había permitido darles unos días de descanso. Nadie acudió cuando llamé a la puerta. Nunca llevo llaves de la casa, así que me dirigí a la puerta de servicio. Como estaba cerrada continué bordeando la mansión para comprobar si podía entrar por la galería que daba acceso a los jardines y a la piscina. Conforme me acercaba oía palabras y frases sueltas de una conversación que sostenía mi marido con su amante. No pretendía escuchar, ya le he dicho que no quería encontrarme con una escena en mi propia casa. Pero mientras dudaba entre dar a conocer mi presencia y sorprender una situación embarazosa o retirarme y volver al día siguiente, tal y como tenía previsto, no pude evitar oír como ella le decía a él que lo suyo no podía continuar, que habían de dejar de verse, que no podía aguantar su posición de segundona. El le ofreció el divorcio y ella, con cierta ironía, le dijo que no era una buena solución, que se encontrarían sin nada, sin recursos para mantener una posición, y lo que es peor, sin la posibilidad de obtenerlos debido a la oposición de mis amigos, socios y conocidos. El le preguntó que qué sugería que hiciesen, que no podía soportar la idea de perderla, de pasar un minuto sin ella. Es entonces cuando por primera vez se refirió al asesinato. “La única manera de que continuemos juntos es librarnos de tu esposa…” No oí más. Salí de mi casa como una ladrona, me acerqué a la carretera y al primer coche que paró le pedí que me llevase a la población más cercana, donde tomé una habitación hasta el día siguiente, en que llamé y anuncié mi vuelta.

Al día siguiente llegó el correo y el telegrama que había mandado desde el balneario. Cuando mi marido lo mencionó se lo arrebaté de las manos y le comenté que lo estaba esperando. No se lo debió de creer puesto que por la noche le vi hurgando en mi papelera. Encontró el telegrama y lo leyó. Perdió la calma, puesto que llamó desde casa a su amante. No pude oír a la amante pero a él le oí claramente. “Sabe lo nuestro. Sí, sí lo sé, antes de que inicie el proceso de separación y divorcio.”

Aceptaste su caso. Le prometiste tu protección pero le fallaste. La mataron, se deshicieron de ella. Y por las investigaciones que has realizado sabes, exactamente, cómo simularon un suicidio. Comprobaste que habían colgado un espejo en la pared de la habitación dónde la señora Sedipavor entró atraída por algo, seguramente un ruido. La ventana estaba abierta. Al ir a cerrar la ventana algo la asustó, una imagen que apareció en el espejo puesto para la ocasión. Ella retrocedió y tropezó con algo que no debía de estar allí, que la desequilibró. Calló por la ventana. Suicidio. Pero algo salió mal. Ocultaron el cadáver, así que algo debió de salir mal. ¿Qué? ¡Quizá pudo aferrarse a algo! Pudo haberse salvado. Paula Sedipavor se cuidaba, no era torpe de movimientos. Es posible que hubiese reaccionado y sujetándose a algo pudiese haber impedido su caída. Si esto fue así, alguien la tuvo que empujar, y en el forcejeo… ¡el rasguño en el cuello de Rolando Sacapuintas! Le arrancó algo que lo incriminaba, la cadena con que aparece en las fotos. Ya no la tiene. No se la ha vuelto a poner desde aquel día, y en su lugar luce un rasguño. De todas maneras sigo sin entender. Algo tuvo que pasar que le obligó a esconder el cuerpo. Una llamada. Escuchas desde el mueble de la oficina en que te ocultas.

-Hotel Olmeda. En la carretera de Masnou a Granollers. Si, me esperáis. Habitación 305. Calculo que un par de horas.

Cuelga el teléfono, sales del mueble y corriendo a través de las paredes y la maquinaria te diriges al coche. Es un deportivo. Te metes en el maletero, preguntándote si no estarías mejor en el motor. Te da igual. Te acomodas para el trayecto. Desconectas de la realidad pero… piensas rápido… no, ¿y si abre el capó? Vuelves a variar la densidad de tu organismo y sales por la plancha de abajo. Te quedas entre la plancha y el asfalto hasta que oyes como enciende el motor. Entonces vuelves a acomodarte en el maletero. Ahora sí, ya puedes relajarte y disfrutar del trayecto.

Josep García

Fragmento de la novela “Cadáveres Exquisitos”

 

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