Los Yanomami

LOS YANOMAMI

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Desde pequeño fantaseaba con los yanomami. Desde que el carguero espacial, Osonobuco treinta y siete, se había encontrado en su ruta habitual con una nave a la deriva proveniente de un lejano planeta llamado tierra, los yanomami habían ocupado mi pensamiento. Quería ser el primer arqueólogo de mi planeta en estudiar una sociedad tan singular. Los yanomami me parecían una sociedad fascinante por el hecho de mantener una mentira, a sabiendas de que era mentira. Era fascinante su perseverancia en la ficción que se habían montado. Todos los trabajos y molestias que empleaban en mantener la ficción, a pesar de saber, como ya he dicho, de que esta era mentira.

Pero lo más fascinante no era que los destinatarios de la ficción sabían que esta era mentira. Lo verdaderamente fascinante era que, los que mantenían la ficción sabían que los destinatarios estaban al corriente de la mentira, y a pesar de ello, seguían currándose un ritual muy costoso, con unas normas muy estrictas para seguir manteniendo la ficción. Pero aún más curioso era el hecho de que los destinatarios de la ficción sabían que los que la mantenían sabían que ellos sabían que era mentira. Para mí era tan fascinante.

La ficción consistía en hacer creer a las mujeres que los hombres eran capaces de estar varios años sin hacer sus necesidades. Estos, los hombres, eran raptados una noche e iniciados en los misterios para mantener la ficción. Un día, cuando el hombre alcanzaba una edad en la que era imposible mantener la ficción, se hacía una ceremonia en la que se simulaba que volvía a realizar nuevamente sus necesidades.

Este comportamiento tan fascinante lo descubrí gracias a las lecturas que iban a bordo de la nave terrestre. Esta era una nave laboratorio. En ella se preparaban algunos productos que necesitaban, para su elaboración, un estado de ingravidez. El equipo del laboratorio, debido al tiempo de permanencia que estipulaba su contrato al servicio de la empresa a la que pertenecía la instalación espacial, había embarcado con ellos varias lecturas, películas, juegos y todo tipo de entretenimiento para su solaz. Uno de los libros era de un antropólogo llamado Marvin Harris. Precisamente el que hablaba de los Yanomami. Para nuestros lingüistas fue relativamente fácil traducir los textos. Lo más difícil fue la traducción del contrato de trabajo de Jaun Cuevas. Era el único que lo llevaba encima. Sobre el resto de la tripulación hay varias teorías.

Una es que eran familiares. Esta teoría es muy poco consistente, debido al material fotográfico encontrado entre las pertenencias personales de los trabajadores. Otra es que se lo habían olvidado. Aunque no especifique en ningún sitio que el contrato hay que llevarlo encima, parece extraño que ningún otro miembro lo llevase, ya que tan lejos del hogar y con tanto tiempo de permanencia en un lugar aislado es muy probable que en más de una ocasión se hubiesen de consultar las condiciones laborales y de contratación.

La tercera teoría, y es la que yo suscribo, es que eran esclavos, sin contrato y sin ningún derecho laboral. Tres hombres y cuatro mujeres que necesitaban renunciar a su libertad a favor de otro miembro de le especie, una empresa o un estado. Por las lecturas que tenemos del planeta de procedencia, esta institución era frecuente en el planeta.

Pronto lo iba a comprobar. Estudié con ahínco arqueología. Me dejé los codos para sacar una nota que me permitiese formar parte de una expedición arqueológica al planeta tierra. Y lo conseguí.

Nos distribuimos en tres naves nodrizas. Era la expedición arqueológica de mayor magnitud que se había emprendido nunca en Rumora, nuestro planeta. Supongo que, salvando las distancias, nuestra expedición es comparable a la primera que lideró el padre de la arqueología moderna, Protonauta, cuando movilizó mil trescientos arqueólogos para estudiar la cultura de las montañas Rúnicas. Cada nave nodriza se componía de cien pequeñas naves satélite, cada una destinada a cubrir varios sectores. Yo era el responsable del equipo de la nave destinada a cubrir a los yanomami y a otras culturas de la zona.

El día antes de la partida lo celebramos por todo lo alto. Reconozco que ese día me desmadré. Iban a ser diez años lo que estaríamos fuera de nuestro amado planeta. El viaje transcurrió sin incidencias. Cada uno dedicado a sus estudios y a pulir con su equipo todos los detalles de la misión. Cada cierto tiempo, los jefes de equipo, nos reuníamos en la nave capitana, dónde intercambiábamos opiniones, información e ideas bajo la supervisión de Tomóstata, la mejor arqueóloga de nuestro tiempo, mi mentora y principal responsable de la misión.

Uno de los puntos que tratamos con mayor ardor y sobre el que profundizamos mucho fue el de la posibilidad de encontrar vida en el planeta. Teníamos un protocolo muy estricto si esto sucedía. Es por esto que con nosotros viajaba un representante de la cámara de gobierno, para establecer contacto con las sociedades más avanzadas del planeta. Por lo que habíamos deducido de las lecturas encontradas en la nave laboratorio, había diferentes estados culturales en el planeta. Todos cruzábamos los dedos por encontrar vida en el planeta y poder contrastar nuestras teorías con entes inteligentes. La primera cosa que debíamos de hacer, en caso de encontrar vida, era captar emisiones sonoras para calibrar los sonidos consonánticos y vocálicos que habíamos deducido de los textos. Esto nos obligaría a retrasar un mes nuestro aterrizaje. No tengo que decir que todos soñábamos con retrasar el aterrizaje. He de confesar que en alguna ocasión me desperté soñando con mis yanomami.

Llegó el día en que contactamos con el planeta llamado tierra. Habían pasado seis meses desde nuestra partida. Nuestros experimentados pilotos habían sabido encontrar, con total seguridad para todos los pasajeros, la ruta más rápido a través de los pliegues espacio-temporales. Nuestra alegría fue inmensa al constatar que había vida inteligente. Se comunicaban y tenían organización social. Estuvimos un mes captando sus señales y puliendo nuestra pronunciación. Al cabo del mes, mi nave fue lanzada hacia su objetivo, los yanomami. Como esta sociedad estaba catalogada como primitiva, el representante de la cámara no la había contemplado como primer contacto.

Aterrizamos en medio de una serie de edificios. Comprobamos que los yanomami habían progresado en materia constructiva. El contacto con sociedades más avanzadas había favorecido su progreso. Comprobamos que tenían un personaje al que llamaban el king. Dedujimos que era el jefe de la tribu. Según pudimos comprobar, recogiendo información, el king no mandaba pero los habitantes sometían cualquier decisión a su aprobación. Curiosamente este aprobaba todo lo que decidían los miembros de la sociedad. Vimos que era un comportamiento puramente yanomami. Someterse a la autoridad de quien no tiene autoridad, sabiendo que no la tiene pero manteniendo la ficción de que la tiene. Aquello era maravilloso, la sociedad había evolucionado pero esa primitiva característica había perdurado y se había hecho un hueco en la vida política de la sociedad.

Recogimos otro caso. Esta sociedad había adoptado formas democráticas. Supusimos que la antigua ficción se había transformado y acondicionado para mantener la figura del king, innecesaria en la estructura política actual pero altamente arraigada en el inconsciente colectivo de los yanomami. Estábamos equivocados. Este tipo de ficciones era una anomalía de esta sociedad. Como digo, pudimos asistir a una sesión del parlamento. Estaban discutiendo sobre la aprobación de una ley. Pude mirar el artículo de un periodista que estaba acreditado para cubrir la sesión. El artículo estaba realizado y en él se informaba de que la ley a discusión ya estaba aprobada. Cuando le pregunté al respecto me dijo:

-Lleva tres meses decidida su aprobación. Ya la han pactado a cambio de un ajuste presupuestario para interior. Todos los discursos que se están dando son de cara a la galería.

Preguntado sobre si los habitantes del poblado lo sabían me contestó que si, y que los representantes sabían que lo sabían y que los habitantes sabían que los representantes sabían que ellos lo sabían. ¡Fascinante!

Aún pude reunir otro caso para mi estudio. Entré en un edificio en donde daban subvenciones. Las subvenciones son ayudas para realizar estudios, para hacer actividades sin ánimo de lucro y otras cosas que se consideran que pueden beneficiar a los habitantes del poblado.

Vi a uno de los encargados de conceder la subvención sostener una en que se pedían mil euros (el euro es un valor de cambio en el planeta) para realizar una actividad de carácter deportivo. El encargado la aprobó pero solo concedió quinientos euros. Cuando le pregunté cómo podía ser que solo aprobase quinientos, si los que pedían la subvención necesitaban mil euros, me contestó.

-Solo necesitan quinientos, pero como por norma concedemos la mitad, piden mil.

Una vez más se repetía el proceso que ya he descrito en torno a la mentira y su conocimiento por parte de todos los implicados. Una sociedad fascinante los yanomami. Habían creado una entelequia en torno a todas y cada una de sus actividades sociales.

Me dirigí a la nave con todo el material recopilado. Mis colaboradores y yo estábamos emocionados, deseosos de contrastar notas y establecer conclusiones. En esto, se nos acercó el oficial de vuelo de nuestra nave y nos comentó:

-Siento comunicarles que nos hallamos en la ciudad de Madrid. Un fallo matemático bastante común entre nuestros ordenadores, debido a la información que le transmiten nuestros sensores, que han tenido un desajuste debido a los campos termomagnéticos.

Josep García

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