La Inverosímil Historia de Emilio Nadie

LA INVEROSÍMIL HISTORIA DE EMILIO NADIE

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Emilio Nadie era un hombre del montón. Un domingo por la tarde llamaron a la puerta de su casa y unos hombres con uniforme, pistola e insignias de las que había oído hablar se lo llevaron. El motivo…, no dijeron ninguno. Había oído historias sobre personas a las que se llevaban de sus casas en plena noche por el simple motivo de ser diferentes. Emilio Nadie nunca se lo había creído. Era cierto que cada día había más pisos vacíos en la ciudad, en su calle, en su mismo bloque pero había supuesto que los inquilinos se iban sin avisar. Era cierto, que en las noches previas a las ausencias de los vecinos de su bloque se habían producido ruidos inhabituales. Pero él nunca los había relacionado con las repentinas ausencias de estos.

Seguramente su caso debía de ser un error o un trámite habitual. Los casos que había oído comentar se producían durante la noche. Y a él lo habían ido a buscar a plena luz del día. Así lo comentó al tribunal, que años más tarde juzgó los crímenes. En la calle se encontró con más gente que era invitada a salir de sus casas. Y al camión al que le invitaron a subir estaba abarrotado, por lo que sus ocupantes estaban en pie. Los camiones fueron directamente a una estación. En la estación los subieron a un tren de carga. Aquello le resultó extraño. No entendía cómo no le habían llevado a una comisaría, ni le habían preguntado nada, ni… entonces se acordó de que no había cerrado la puerta de su casa, y por primera vez tuvo plena conciencia de que las historias que se contaban eran ciertas.

Emilio Nadie pasó los siguientes doce años en lo que llamaban un campo de trabajo. Allí se encontró con algunos de sus vecinos, aquellos que habían sido invitados a abandonar sus viviendas antes que él. En el campo les obligaban a trabajar en cualquier obra que conviniese al estado: Recoger un campo, construir un pantano, hacer carreteras, enterrar a los muertos… Emilio Nadie pesaba noventa y ocho kilos al llegar al campo. Tras tres meses de estancia su peso se redujo a setenta y cinco kilos. Al final de los doce años, cuando fue rescatado de una montaña de esqueletos a los que daba sepultura, pesaba cincuenta y tres kilos.

Emilio Nadie recordaba las caras de estupor de las personas que lo rescataron, lo atendieron, lo alimentaron, le sanaron y le ayudaron a volver a la vida. Recordaba cómo gravaban con cámaras los paisajes de cadáveres, cómo algunos intentaban conseguir testimonios orales de los esqueletos que se aguantaban en pie y podían pronunciar unas palabras que el ingeniero de sonido recogía con un silencio casi sagrado. Emilio explicó cómo habían matado, a su lado, a uno de sus mejores amigos, por haber puesto treinta y nueve clavos en lugar de los cuarenta estipulados. Explicó las burlas y las vejaciones sistemáticas que hacían de los prisioneros y prisioneras. Las torturas a que eran sometidos para mantener el miedo y la obediencia. Explicó cómo habían obligado a una madre a matar a su propio hijo para, posteriormente, obligárselo a cocinar.

Emilio Nadie recordaba que lo habían llamado a declarar al juicio, en calidad de superviviente. En él se juzgaban los crímenes que había cometido el estado totalitario en nombre del bien común.

Un día, Emilio Nadie leyó en un periódico que lo que él había visto, oído, vivido nunca había sucedido. Indignado escribió al periódico. El periódico mandó un periodista con una cámara. Le volvieron a filmar y él volvió a explicar los horrores. Le preguntaron que si eso era cierto que dónde estaban los criminales. Nunca se había juzgado a nadie. No habían salido listas con nombres de sentenciados. Sencillamente, los vencedores habían juzgado supuestos crímenes contra la humanidad con motivos propagandísticos. Y para declarar habían llamado a conocidos desequilibrados mentales, a causa del prolongado conflicto.

Por televisión vio su entrevista. Vio las imágenes de él declarando ante las cámaras del campo. En el reportaje dijeron que los que declaraban eran gentes con trastornos alimentarios, que habían sido cuidadosamente escogidos en un cásting. Dijeron que el departamento de efectos especiales y maquillaje se habían lucido en la recreación de los cadáveres. Que había sido una buena campaña de propaganda para hacer renegar de antiguos ideales y que la gente abrazase fácilmente las nuevas ideas y la presencia de los vencedores en el suelo patrio.

Emilio Nadie estaba confundido. Ni él mismo sabía si lo que había vivido era cierto o no. Se empezó a preguntar si lo habría soñado. Pero él sabía que no, que lo había vivido y experimentado como cierto. Emilio Nadie escribió cartas a los diarios, a las televisiones, en foros de la red y en cualquier medio en que hubiese gente dispuesta a escuchar la voz de las víctimas. Pero los pocos que perdían tiempo en responder le recomendaban, con un cierto deje de burla, que escribiese un buen relato, que se podía ganar la vida como escritor de ficción debido a la imaginación que tenía.

Un domingo por la tarde Emilio Nadie oyó una conversación de dos jóvenes. Uno le decía al otro que los efectos de las películas sobre los campos eran muy buenos para su época, pero que cantaban y que estaban desfasados por los nuevos efectos digitales. Emilio Nadie intervino para decir que aquello había pasado de verdad, que él lo había vivido, que había estado internado en uno, que los medios estaban manipulando. Uno de los jóvenes se disculpó e hizo una llamada por el móvil. Al poco rato, un sanitario invitaba a Emilio Nadie a subir a la ambulancia que había llegado mediante una llamada. Que no se preocupase, que su caso no era el único. Se habían dado otros y estaban siendo tratados. Al subir a la ambulancia vio que el móvil del joven estaba ornamentado con una insignia que conocía demasiado bien.

Josep García

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