El Puente

EL PUENTE

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De Ribera del Sur a Ribera del Norte había doce horas de camino, algo realmente sorprendente si tenemos en cuenta que entre los dos núcleos de la población, separados por un precipicio, no hay más de quinientos metros.

Esta distancia, medio kilómetro, a buen paso, se puede realizar en unos minutos. Solo era necesario construir un puente para acortar los tiempos entre uno y otro núcleo del mismo municipio y facilitar la comunicación entre los vecinos.

Una solución tan sencilla se tornó en un complejo problema logístico debido a los dos partidos que se alternaban el poder en la alcaldía. Los unos por los otros, la casa sin barrer. Ambos partidos querían para su casillero, el honor de haber levantado la obra más importante del municipio, el puente. El partido que consiguiese dicho logro, tenía una buena baza electoral para futuras generaciones.

Es por esto, que cuando un partido estaba en el poder, el otro interponía todos los recursos inimaginables para retrasar las obras e imposibilitar que su oponente se llevase el gato al agua. Si uno presentaba unos planos, el otro los consideraba políticamente incorrectos. Si el otro presentaba un presupuesto el otro soltaba la cantinela de que estos eran propaganda encubierta. Si uno decía que el trazado debía de pasar por la peña del oso, el otro presentaba un informe ecológico que lo desaconsejaba… y de esta manera eternizaban la construcción del puente. Incluso se llegó a empezar la construcción durante una legislatura, con tan mala suerte que todo lo construido fue demolido durante la siguiente legislatura, en que alcanzó el poder el partido contrario.

Todo ello ante la mirada incrédula de los ciudadanos, que se hacían cruces ante la falta de entendimiento entre los partidos. No concebían el hecho de que no se diesen la mano, aparcando sus diferencias, para construir un puente que pudiese agilizar la comunicación entre ambos núcleos y facilitar la vida de los ciudadanos. Estos estaban indignadísimos. En las tertulias del café dejaban como los zorros a los políticos de ambos partidos. Por la red no paraban de circular consignas con los nombres de los dirigentes de turno seguidos de una descalificación.

Los políticos de ambos partidos, deseosos de encontrar una solución pero incapaces de dar su brazo a torcer, proponían todo tipo de componendas mientras el puente estuviese en estudio. Como mal menor, se estableció una línea aérea entre ambos municipios. Teniendo en cuenta que los aeropuertos elegidos distaban dos horas de ambos núcleos y de que el trayecto entre aeropuertos no llegaba a los cinco minutos, salían ganando siete horas de tiempo. El coste para el bolsillo de los viajeros era considerable.

En la siguiente legislatura, por no dar el brazo a torcer, se rizó el rizo en torno al transporte aéreo. Se construyeron dos helipuertos y el trayecto se hizo en helicóptero. Se mejoró en tiempo pero aumentó el coste para los ciudadanos. Estos continuaban indignados, enfrascados en sus tertulias de café y en sus consignas a través de la red.

Mientras, por no dar su brazo a torcer, aún se rizó más el rizo. Se abrió una escuela de vuelo de ultraligeros y se dio una licencia para la venta y alquiler de estos aparatos, para que los vecinos no hubiesen de depender de los horarios del helicóptero. Y el puente seguía sin construirse.

Un día, un forastero llegó a Ribera del Sur y entró en un café a las tres horas, dos minutos y doce segundos de la tarde. Pidió un café con leche muy caliente y una pasta. Mientras se tomaba su cafetito y su pasta, un lugareño le empezó a hablar del puente y de la nula visión de futuro que tenían los partidos que una y otra vez se presentaban a la elección. El forastero se mostró interesado y su interés congregó más lugareños a su alrededor, cada uno diciendo la suya. Ya no era la imposibilidad que tenían los partidos de ponerse de acuerdo. Ahora eran los intereses que tenían en torno al transporte aéreo y las presiones y sobornos que recibían de las empresas que se dedicaban a este.

No contentos con esto, otros lugareños se conectaron a la red y le mostraron una página web sobre el tema y todo lo que se había colgado en la página y en los diferentes foros. El forastero quedó gratamente sorprendido de las inquietudes de las gentes del lugar. Al corro, a través de la red, se unieron personas de Ribera del Norte, que se mostraron en total acuerdo con las opiniones y la información que sus vecinos de Ribera del Sur le daban al forastero.

Este, ante tanto entusiasmo, se atrevió a hacerles una propuesta:

-¿Han pensado en formar una plataforma ciudadana y presentarse a la alcaldía para gobernar y construir el puente?

-Si hombre, vamos a perder cuatro años de nuestra vida en esa tontería,-le contestó el primer lugareño que le había envestido.- Como si no tuviésemos cosas que hacer.

El forastero miró su reloj. Marcaba las once horas, veinte minutos y quince segundos. Luego miró la fecha de creación de la página, de quince años atrás. Hizo un cálculo rápido y sonrió para sus adentros. Educadamente se excusó diciendo que la conversación había sido tan agradable que no se había dado cuenta de lo tarde que era. Cuando salía por la puerta, todavía pudo oír alguna voz que decía:

-¿Quién se habrá creído este para venir a darnos lecciones de cómo debemos resolver nuestros asuntos? ¡Una plataforma ciudadana! Ni que fuésemos perro flautas.

Josep García

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