El Abismo

EL ABISMO

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Hacía diez años que el oficinista suspiraba por la enfermera que vivía al otro lado de la calle. Y hacía, esos mismos diez años, que la enfermera suspiraba por el oficinista que vivía enfrente de su bloque.

Cada mañana se encontraban en la calle, se miraban furtivamente y fantaseaban con la posibilidad de dirigirse la palabra, tantear el terreno, quedar para tomar un café, descubrir sus afinidades y hacerse un hueco en sus vidas, más allá de un fugaz encuentro entre las sábanas. Y cada mañana su encuentro quedaba reducido a las miradas furtivas y a la fantasía del deseo por encontrar el complemento para caminar en compañía de un ser humano a quien amar.

Cada uno continuaba su camino y su tiempo se iba llenando de miradas furtivas, ocasiones perdidas y de soledad.

El oficinista, para llenar su vacío, dedicaba las noches a visitar páginas de citas en su ordenador. La enfermera, para llenar su vacío, dedicaba las noches a visitar páginas de citas en su ordenador. De tanto en tanto, levantaban la vista y miraban al otro lado de la calle, por ver si, al trasluz de la ventana, veían la silueta de la persona por la que suspiraban y de la que les separaba la decisión para mirarse a los ojos y dirigirse abiertamente la palabra.

Sus noches rebosaban de citas pero no eran la cita. Hasta que un día, la casualidad hizo que se encontrasen en la red y se dirigiesen unas palabras, y se preparasen para otra cita vacía. Cuando se encontraron, ambos se sorprendieron al descubrirse. Al principio se dirigieron miradas furtivas, sus corazones se inundaron de felicidad, fantasearon con la posibilidad que se les brindaba de dirigirse la palabra por fin, de tantear el terreno, de descubrir sus afinidades y de hacerse un hueco más allá de un fugaz encuentro entre las sábanas. Lamentar el tiempo perdido sin haber encontrado la decisión para mirarse a los ojos y dirigirse abiertamente la palabra.

Tras las miradas furtivas, siguieron más miradas furtivas, y a las nuevas miradas furtivas les siguieron nuevas fantasías sobre el deseo de caminar por la vida con una persona a la que amar. Y los ojos nunca se encontraron para dirigirse abiertamente la palabra. Y como cada mañana, cada uno continuó su camino.

Josep García

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