El Fragmento Perdido

EL FRAGMENTO PERDIDO

  Copia (2) de Excursión Nîmes 100“Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas te impedirán ver las estrellas.” Esta frase había aparecido en una tumba de una antigua civilización africana. Se hizo muy popular, como una especie de eslogan entre multitud de personas. Se vendían carteles con bellas fotos con la frase impresa, era un top cien entre los envíos que se hacían los internautas para la rúbrica de bellas historias, los sociólogos la ponían como lema en sus conferencias, casi como un dogma de fe para reforzar sus palabras de cara a un auditorio que deseaba escuchar que se podía salir de la crisis y que sólo había que estar atento para saber ver las oportunidades. 

En todo aquel clima solo había un pequeño grupo que discrepaba en torno a la frase. La creían una frase estúpida, tan estúpida que estaban convencidos de que debía de formar parte de un texto más amplio que, desafortunadamente, se había perdido. Este pequeño grupo de arqueólogos dedicaba buena parte de su tiempo al estudio de la civilización a la que pertenecía la tumba descubierta. Desafortunadamente poco se sabía de esta.

Por cuestiones de tipo ideológico, el estudio de las civilizaciones africanas siempre había estado postergado. En el clima de eurocentrismo dominante no se concebía la idea de una gran civilización africana más allá del área mediterránea. De hecho, hasta que las evidencias habían sido irrefutables, la civilización en la que había sido descubierta la tumba era tenida como un testimonio de hasta dónde habían llegado los dominios de las civilizaciones del Mediterráneo en el corazón africano.

Por lo que se sabía esta cultura se había extendido por la zona central y había llegado hasta las costas orientales. Había conseguido crear una buena red viaria y había tenido contactos ocasionales con el Mediterráneo.

Con la esperanza de conseguir más datos sobre esta sociedad y profundizar en su estudio, este grupo de arqueólogos consiguió que se financiase una expedición. El objetivo principal de esta era la ciudad de Data. Esta se había construido sobre un río. Además de una extraordinaria planificación urbanística, parece ser que habían conseguido un floreciente negocio en torno a la explotación del cocodrilo y sus derivados. En esta ciudad se había encontrado una torre que, según las teorías, estaba destinada al estudio de los astros. Algunos estudiosos creían que el texto al que hemos hecho referencia había sido acuñado en esta ciudad y concretamente en este centro de estudio.

Tras salvar todas las trabas burocráticas, daba la casualidad de que las ruinas de Data pertenecían a cuatro estados diferentes, cosas del tratamiento a la que la comunidad europea había sometido al continente africano, la expedición pudo comenzar las tareas de campo. Todo el material necesario había sido autorizado por los cuatro países, todos los permisos habían sido confirmados por los cuatro países, todo el material impreso había sido confirmado por los cuatro países y sus diferentes confesiones religiosas, todos los miembros de la expedición habían superado el exhaustivo examen al que sometían los cuatro países a todos los visitantes.

Empezaron a excavar y a recoger muestras, tomar medidas, certificar diferentes niveles de ocupación, comparar hallazgos de diferentes épocas y cotejarlos con técnicas de producción de otras culturas y, en definitiva, todo lo que hacen los arqueólogos y estudiosos.

Una de las cosas que comprobaron, certificaron y corroboraron fue la infraestructura que habían creado para la explotación de los cocodrilos y sus derivados. Presas, acuarios, comederos, mataderos, naves para el tratamiento de la piel, de la carne, de los colmillos, de los huesos. Laboratorios para la elaboración de productos de belleza y remedios contra diferentes enfermedades, un manual de elaboración de pociones tallado en piedra y diversas lindezas de este tipo.

También pudieron recoger muestras sobre las condiciones de los obreros que se dedicaban a la floreciente industria del cocodrilo y sus derivados. Pudieron constatar que vivían hacinados en los talleres, en dependencias vigiladas y bajo fuertes medidas de seguridad. Al parecer, había un mercado ilegal de los productos y de las materias primas para su elaboración. Estos obreros venían de todas partes. Encontraron un osario en dónde, al parecer, se depositaban los cadáveres de estos. Identificaron restos de asiáticos, africanos y europeos. Las condiciones laborales eran extremadamente duras y necesitaban muchísima mano de obra, ya que los accidentes, algo lógico al trabajar con cocodrilos, estaban a la orden del día.

Pudieron recoger y datar pertenencias de los obreros. Platos, vasijas, restos de tejidos, amuletos. Ninguna herramienta. Estas, al parecer, por ser peligrosas, estaban bajo llave y al cuidado de los capataces, que disfrutaban de mejores condiciones de vida. En las paredes, había inscripciones en las que se maldecía la mala comida, la mísera paga, la imposibilidad de ver a la familia. En una se despotricaba por la muerte de un obrero, y en otra se llamaba a la huelga. Las traducciones se habían podido hacer al encontrar la clave para estas en la lengua de los Batusi.

El último día de la excavación se descubrió un dintel. Este pertenecía al habitáculo de un obrero al que le estaba permitido vivir con su familia. El habitáculo era de dimensiones reducidas. En el dintel identificaron unas inscripciones borrosas. Los especialistas en literatura antigua se frotaban las manos. “Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrella.” Habían encontrado la frase famosa en la humilde morada de un obrero, pero esta continuaba.

“A lo que Tembó respondió a su…,” aquí no se distinguía la palabra empleada. “Pero dejadme ver las estrellas, perros.”

Josep García

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