LA HISTORIA DE JUAN SOLDADO

LA HISTORIA DE JUAN SOLDADO

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Juan vivía en un pequeño país. No era soldado. Era un hombre que se dedicaba a cultivar la tierra con su familia. Un día, se acercó al lugar en que vivía un señor montado a caballo, luciendo una especie de diadema en la cabeza y rodeado de varios señores, de mala catadura, también montados a caballo.

-Hola, campesino,-saludó.- Soy el rey, el señor de estas tierras.

-Perdone,-dijo Juan-. Debe de estar equivocado. Estas tierras las trabajó mi abuelo, las trabajó mi padre y ahora las trabajo yo. En ocasiones, para ayudar, viene gente del pueblo. A usted nunca le he visto por aquí.

Un hombre del séquito quiso agredir a Juan por decir la verdad. El rey le frenó.

-Ten tu mano. ¿Qué se puede esperar de un campesino ignorante que no sabe nada de lo que sucede más allá de estas tierras? Estas tierras están bajo mi protección, esto quiere decir que son mías. Me cedió su protección tu antiguo señor, al que gané en buena lid y, renunciando a sus derechos sobre ellas, reconoció los míos.

-Insisto en que yo no he visto nunca a nadie por aquí.

-Por eso las perdió. Nunca se preocupó de ti ni de tu familia y os tenía abandonados. Pero eso se ha terminado. A partir de hoy vais a poder trabajar vuestras tierras bajo mi protección, en paz y con total seguridad.

-¿Seguridad?

-Sí,-explicó el rey.-Contra extranjeros, ladrones y otras lacras de nuestro mundo. Mientras yo sea tu rey, nadie te molestará, nadie te robará ni quemará las tierras ni las cosechas y nadie intentará matarte. Esa es mi palabra.

-Lo cierto es que nunca me ha pasado nada de eso. Una vez tuve un problema con un vecino, sobre los límites del campo pero lo resolvimos y ya está arreglado.

-¿Ves? La próxima vez te evitaremos la molestia de que lo tengas que resolver tú. Te lo resolveré yo. Con la justicia y equidad que vosotros no supisteis emplear. Y para que veas que quiero ayudarte y estar cerca de ti, te dejo uno de mis hombres. El se encargará con celo de tu protección y la de tus vecinos. El administrará justicia en mi nombre, y su palabra en estas tierras será como la mía. Sir Godofredo, mostraos para que este campesino os pueda agradecer lo que hacemos por él.

Sir Godofredo dio un paso adelante.

-Campesino, muéstrame tu agradecimiento. Esta tierra puede dar mil quilos de trigo, dos mil litros de aceite y tus rebaños pueden dar dos mil quesos. Mañana quiero que me tengas preparados novecientos kilos de trigo, mil novecientos litros de aceite y novecientos quesos, en muestra de tu agradecimiento por nuestros desvelos.

-¿Yo que gano con daros todo eso?

-Azotad a este bellaco para que entienda,-dijo sir Godofredo.- ¿De verdad creéis que merece la pena tanta explicación, majestad? No ha entendido nada, y al final hay que darle de palos para que lo entienda.

-No seáis duro con él, sir Godofredo,-dijo el rey.- Al fin y al cabo es un hombre rudo e ignorante, sin conocimiento de la vida.

-Cumpliré vuestros deseos, majestad. No le pegaré muy fuerte. ¡Cuánta bondad derrocháis! Bellaco, dad gracias a la bondad de vuestra majestad.

-Si es excesivamente duro, hacédmelo saber,-le dijo el rey a Juan.- Le llamaremos a la corte para amonestarle.

-¡Un santo!,-se le escapó a alguien del séquito.

-No exageréis, que enrojezco,-dijo el rey.

Total, que Juan se llevó unos cuantos azotes y aprendió que debía de pagar con una parte de su cosecha al rey y a su representante por la protección que le brindaban. Pasaron algunos años y Juan seguía pagando por el derecho a trabajar en paz.

Un año, cuando pasó sir Godofredo a recaudar los impuestos, tras el recuento acostumbrado, se volvió a Juan y le dijo:

-Me temo que no va a ser suficiente. El rey necesita una mayor contribución de tu parte.

-¿Por qué?,-preguntó Juan.

-¿Es que no escuchas las noticias? Hemos entrado en guerra. Todos hemos de hacer una contribución al esfuerzo bélico. Es un sacrificio necesario si queréis seguir disfrutando de la protección y la paz de su majestad.

-Pero si con lo que recauda debe de tener llenos los graneros.

-Pero qué ignorante que llegas a ser. ¿Tú sabes lo que cuesta este caballo? ¿Y lo qué come? Tengo siete, uno para cada día. Los pobres tienen que descansar. No tienes sensibilidad. ¿Y sabes lo que me cuesta la ropa que llevo puesta? A mi me gustaría vestir como tú, pero no puedo, hago este sacrificio de imagen por vosotros. Pues el rey tiene gastos más grandes que los míos. Y todo ello por vosotros y vuestra protección. ¿Lo has entendido o tengo que azotarte?

-Lo he entendido, señor.

-Pues añade lo que te diga mi secretario, y sin protestar. Es por vuestro bien y vuestra protección.

Juan, a regañadientes, pero procurando que no fuese notado por sir Godofredo, fue añadiendo al carro de impuestos todas las cantidades que le dijo el secretario.

El caso es, que a los dos días volvió el secretario.

-Juan.

-¿Si?

-Coge tus cosas que nos vamos.

-¿A dónde?

-A servir al rey en el campo de batalla.

-¿Pero el trato no era que yo pagaba y él me protegía?

-Si. Y ahora, para tu protección te necesita a ti, necesita tus músculos. ¿Le vas a negar este servicio después de tantos años de paz? Campesino ignorante. Muchos lo considerarían un honor. Por todo el país, gente como tú, se ofrece voluntaria para defender a su rey. Sir Godofredo me ha dicho que te pregunte: ¿Lo has entendido o tiene que enviar a alguien que te azote?

Juan bajó la cabeza y con la mejor voz que pudo dijo:

-Lo he entendido.

Entró en su casa, se despidió de su familia y salió con un hatillo de ropa para servir al rey. Se disponía a meterse entre los hombres que llevaba el secretario cuando este le llamó la atención y le preguntó:

-¿A dónde vas?

-A servir al rey.

-¿Así? ¿Qué piensas comer? Anda, tira, toma esta lista y coge todo lo que pone aquí para tu manutención, que el rey ya tiene bastantes problemas.

Y así fue como Juan fue obligado a ser Juan soldado.

Josep García

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