LA TALLA

LA TALLA

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Un labrador tenía un campo en el que un abuelo suyo había plantado un almendro, justo en el medio, con doble intención. Una, aprovechar el fruto del árbol y la otra dar cierto colorido a su terreno, aprovechando la belleza de su flor.

Fueron pasando los años y el árbol, por la razón que fuese, nunca dio una sola almendra, ni tan siquiera adornó el centro del terreno con la belleza característica de su flor. Solo era un estorbo en medio del campo. El padre del labrador, a pesar del estorbo que suponía el árbol, nunca se decidió a talarlo, en honor al abuelo que lo había plantado. De esta manera, el labrador creció viendo aquel molesto árbol en medio del terreno.

Un día, un escultor que paseaba por aquellos campos vio el árbol y se acercó para comprobar el estado de la madera. Esta le gustó, así que se fue hacia la casa y le pidió al labrador que le vendiese el tronco de aquel árbol para una talla que le habían encargado.

El labrador accedió gustoso de deshacerse de aquel parásito inútil y conseguir unas monedas a cambio. Así que el escultor, mandó a unos aldeanos que sacaron el árbol del terreno y lo llevaron a su taller.

Pasados unos años, el labrador, al que las cosas le habían ido muy bien, decidió realizar un viaje con su familia. Dejaron los campos al cuidado de los jornaleros que trabajaban para él y se fueron a ver una gran ciudad.

Se alojaron en una buena posada y se informaron sobre las maravillas que ofrecía aquella gran comunidad de almas. Fueron al teatro, a ver algunas obras de arte que les aconsejaron, a comer pasteles, a navegar por el río, a admirar algunos grandes edificios y a ver la talla de un santo al que se tenía gran devoción en aquella ciudad.

Se pasaron toda la mañana haciendo cola. La gente escribía en unos papeles un deseo para sí o para un ser querido, se lo ofrecían a un sacerdote y daban una limosna para el culto. Las buenas gentes aseguraban que aquel era el santo más milagroso que había habido nunca. Que la ciudad entera le debía su fortuna. Que complacía a todas las buenas almas que se aproximaban a él con auténtica devoción. El labrador y su familia se asombraron de las sacrificadas exhibiciones de dolor que hacían los creyentes. Unos hacían toda la cola de rodillas, otros se fustigaban con un látigo, otros se atormentaban con unas correas con clavos que se anudaban en el tronco, en las piernas, en los brazos. El camino hasta el santo era un reguero de sangre, dolor y sufrimiento.

El labrador estuvo a punto de salirse de la cola pero la curiosidad y cierto temor a lo que pudiera pensar tanto fanático como había allí congregado, le decidieron a permanecer en la cola y aguantar tanta muestra de estupidez humana. Por fin les llegó el turno a él y a su familia. Estaban ante una talla magnífica, extraordinaria. El escultor había aplicado toda su maestría para conmover a los que la contemplasen. El labrador y su familia comentaron este detalle. Entendían que la talla suscitase tanta devoción y alboroto a su alrededor.

Conforme se acercaban el labrador reparó en un detalle. Al principio pensó que no era posible, luego se acercó para cerciorarse y comprobó que no se había equivocado. Se quedó perplejo y tuvo que concentrarse para que no se le escapase la risa. Su esposa le llamó la atención y le preguntó:

-¿Te has fijado? ¿Es posible?

A lo que el labrador asintió. Los hijos del labrador también repararon en el detalle y llamaron la atención de su madre, haciéndole la misma pregunta que esta le había hecho a su esposo:

-¿Es posible?

A lo que la madre asintió.

El labrador, conteniendo la risa, se acercó a la talla y acercándose a su mejilla le dijo en voz queda, para que los sacerdotes no le pudiesen oír:

-Almendro te conocí y sus frutos nunca los vi. Los milagros que tú hagas que me los digan a mí.

Esta historia se la debo a mi amigo Xavier Fábregas, que nunca se cansaba de relatarla.

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