EL PILLO Y EL COCIDO

EL PILLO Y EL COCIDO

 sgway

Hace poco, paseando por las calles de una de esas ciudades azotada por la crisis, oí una historia que un tertuliano les explicaba a otros compañeros de tertulia, en una fría mañana invernal, mientras descansaban en un banco, al calor que proporcionaba el sol. Me paré a escuchar al sentirme atraído por la voz del que explicaba la historia. Aún tenía algo de tiempo para tomar el tren que me había de llevar al curso que estaba haciendo, en otra ciudad.

El tertuliano aseguró a sus compañeros de paseo que la historia era verídica, y que le había pasado a un conocido constructor de la zona. De hecho, dio nombres que aquí vamos a omitir, entre otras cosas por que no los recuerdo. Resultó que un contratista de obras quería invitar a otros contratistas y suministradores de materiales para la construcción. Tenía la costumbre de hacerlo cada año. Era una manera de mostrar al mundo sus posibles, de conseguir otros trabajos y tranquilizar a sus proveedores sobre su solvencia, así como ganarse la prioridad en sus servicios.

Estas comidas eran por todo lo alto. No escatimaba en carnes, pescados, vinos y licores. La mesa rebosaba de grasas y proteínas. No se cortaban, los asistentes, en utilizar las manos para hacer ostentación de pesados anillos y gruesas pulseras de oro. Presumían de sus desorbitadas ganancias, de manera indecorosa. Estas celebraciones eran un canto obsceno a la brutal impunidad de la ignorancia elevada a los altares del capital.

Hacía unos días, el potentado de la construcción había querido dar el banquete acostumbrado, a pesar de la crisis. Su mujer, prudente, le dijo que adelante, que lo hiciese pero que en lugar de gastarse un dinero que no tenía en un restaurante, llevase a sus invitados a un terreno que tenían en las afueras. Que presumiese de terreno, y que sirviese en él la comida. Que no se preocupase, que ella haría una buena olla de cocido con el que los comensales se chuparían los dedos. El constructor dio por buena la idea de la mujer y se llevó a sus invitados al terreno, mientras la mujer preparaba el cocido en su cocina.

Como las comidas eran propias de hombres, la mujer, encargó a un chavalín que corría por ahí, que cogiese un coche y le llevase el cocido a su marido, dándole unos eurilllos para que se invitase en la discoteca. El chavalín tomó el cocido, y muerto de hambre como estaba, lo probó y se sirvió un plato. Como vio que este le entró bien y le reconfortó, corrió y ofreció a otros compañeros de fatiga y penuria. Todos ellos dieron buena cuenta de la carne y los garbanzos. Cuando se quisieron dar cuenta, se les había ido la mano y se habían comido todo lo de enjundia.

Total, que el chaval, ni corto ni perezoso, tomó la olla, enorme, la tapó y se dirigió al terreno. Puso esta en medio de la mesa y antes de que los comensales comprobasen su contenido, se dirigió al constructor y le dijo:

-No se va a creer lo que me ha pasado. Por el camino se me ha vertido la olla, y todo el contenido me fue por el suelo. Pero no se preocupen, que he podido recoger el caldo.

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2 thoughts on “EL PILLO Y EL COCIDO

  1. J.G.Barcala 18 octubre, 2015 / 13:52

    Jeje, muy buena la anécdota Silvela, el hambre es el hambre y no culpo al chaval. En todo caso, si el constructor era un potentado, tampoco creo que le hubiese hecho mucho daño.
    Gran entrada! Enhorabuena y un saludo.

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