LINCOLN DE STEVEN SPIELBERG

Lincoln de Steven Spielberg

 

Mi primera impresión es la de haber visto la mejor película de Steven Spielberg y probablemente una de las mejores películas en mucho tiempo. Un maravilla, una sencilla obra de arte.

Primero de todo: el guión. La historia la obvio, es una buna historia de por sí. De componente universal: la lucha por el derecho a la libertad y por la igualdad. Una maravilla de guión, bien estructurado, con sentido, con diálogos excelentes, con frases, que puede que no sean ciertas pero que están bien encontradas y, muy importante, tienen sentido (las frases y las ideas) y definen a los personajes. Un guión enorme y sólido que en manos de un mal cineasta puede bastar por sí mismo para hacer una película decente. En manos de uno de los mejores cineastas del presente es caviar.

La película, con sabiduría, nos deja claro desde el primer momento por dónde va a discurrir. Empieza con una carnicería en el fango, en la cual es imposible distinguir los uniformes. Los hombres, blancos y negros, se matan con las manos y a golpe de lo que encuentran, con un odio visceral: La historia. Seguidamente se nos muestra una escena íntima en medio del frío de la noche. Una escena en la que Spielberg hace gala de su sabiduría cinematográfica. Un soldado raso relata los hechos y no relata una batalla, no defiende unos ideales: relata una venganza y una carnicería. Parece que lo haga a un periodista. Otro soldado, un cabo, interviene para quejarse y defender la justicia y la paridad y para hablar del Norte (futuro) que anhela. El soldado raso intenta cortar al cabo, a su superior, y el cabo sigue hablando, no valiéndose de sus galones, valiéndose de su derecho como hombre, y entonces la imagen nos muestra que se encuentran ante Lincoln, que les escucha, les anima, se interesa, les cuenta un anécdota: Intimidad.

Esto es la película, un lienzo histórico con retazos de intimidad. Una película intimista salpicada por la gran historia, la de las cámaras políticas y los campos de batalla. Y en esto radica su enorme fuerza, ya que la película pasa con enorme habilidad de uno a otro y nos muestra cómo los grandes acontecimientos se cuecen en las relaciones íntimas de un padre y un hijo, una pareja, la relación laboral con el servicio doméstico, las confidencias entre un general y el presidente, el clientelismo político y toda la compleja trama de relaciones humanas mostrada con sinceridad y desnudez. Gracias a la inteligencia de este planteamiento podemos asistir a las cloacas de la política, sin escandalizarnos ante los procedimientos poco éticos de ese grupo de vividores, supervivientes a toda costa en cualquier adversidad, que son contratados para comprar votos entre los políticos que se van a quedar sin trabajo debido al resultado en las urnas.

He hablado de lienzo porque el maravilloso trabajo fotográfico de Kaminski me recuerda a aquellos cuadros de escenas del siglo XIX en las que los protagonistas son sorprendidos en actitudes cotidianas, amables, espontáneas, con cierto aire de desaliño. Y también a aquellos en que caricaturiza aspectos de la vida política. Maravilloso trabajo de iluminación, ambientación e investigación para recrear este gran episodio histórico: la aprobación de la decimotercera enmienda.

A esto ayuda la maravillosa interpretación de todos y cada uno de los actores y actrices que conforman el reparto. El tono contenido de sus discursos, los gestos y las acciones reprimidas, el dolor que muestran en la intimidad y que se ven obligados a ocultar en sociedad. Impresionante el trabajo gestual y corporal.

Y como responsable, un Spielberg en estado de gracia. Que demuestra a fondo su conocimiento del cine en general y de los grandes maestros americanos en particular y lo plasma en pantalla de una forma sublime. Recordar tres grandes momentos: La votación de la decimotercera enmienda, seguida con esperanza a través del telégrafo por las tropas del frente, maravilloso montaje y preciosos, precisos y eficaces movimientos de cámara para trasladarnos de la cámara al exterior y al frente y viceversa y hacer eso que tan bien sabe hacer el cine americano en general y los grandes maestros en particular, universalizar cualquier evento haciendo partícipe al espectador. Otro, la demanda del acta por parte de Tommy Lee Jones, un momento totalmente fordiano, y el posterior seguimiento del actor por la cámara, entre la multitud enfervorecida, al igual que en el último hurra, para terminar en la privacidad de su casa, mostrando el triunfo de la justicia, a toda costa, a su pareja, relación que dolorosamente debe de ocultar a la sociedad. Y el último, el paseo de Lincoln, cual Jesús, entre los cadáveres sobre los que se está edificando la Unión, para pasar a la confesión íntima entre el presidente y su general.

Y no quiero terminar sin hacer referencia a Lincoln, el presidente, no el actor. Spielberg nos presenta a ese Lincoln bueno, íntimo, que no pierde la ocasión para contar una de sus famosas anécdotas que en todo momento son una declaración de intenciones. Las utiliza para rebajar la tensión, para hacer saber que está al timón de la nave y que hay gobernante, para expresar su parecer… y para liderar. Porque Lincoln no es un líder, es el líder, la persona cercana, del pueblo, que por un “error” del sistema ha sido elegida para regir los destinos de la Unión. Un mesías investido de un poder inmenso, del que hace uso para guiar por el valle de las sombras. Ese es el Lincoln que nos muestra Spielberg, el que nos quiere mostrar, el hombre elevado a Mesías en el pensamiento colectivo americano. En este aspecto Spielberg lo borda, presentando al mito en toda su compleja humanidad e identificándolo con el mesías.

La película termina con una extraordinaria deificación. La muerte y resurrección de Lincoln, modélico. Como en la mayor parte de los films sobre Jesús o en que aparece la figura de este su asesinato es mostrado de manera elíptica. La posición en la que aparece en la cama, aprovechando su gran altura, remite directamente a una piedad laica. Y la llama con la superposición de la figura dando un mensaje a una multitud y poniendo los brazos en cruz es la transfiguración y resurrección. Sus logros y su mensaje viven y son válidos para todos los hombres, sin excepción.

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