EL JEFE

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EL JEFE

Un día, el periódico donde trabajaba me encargó entrevistar a un indigente. Les pareció que podría ayudar a disparar las ventas del diario, o como mínimo a animar a algunos patrocinadores más a anunciar sus productos en nuestras páginas. Lo cierto es que por entonces, algunas cadenas de televisión habían puesto de moda los “realitis shows” con personas consideradas en riesgo de exclusión social.

A mi no me hacía ninguna gracia realizar el encargo pero como quien paga manda me acerqué a los comedores sociales. Pensé que podía ser un buen sitio para conseguir a mi indigente. Como mínimo le habrían obligado a lavarse y cambiarse de ropa, que siempre es de agradecer cuando te tienes que acercar a un congénere. Siempre recordaré lo mal que lo pasé cuando ejercía de periodista deportivo y me había de acercar a los campeones de la sociedad, tras haber realizado un esfuerzo físico, para conseguir unas palabras que hiciesen las delicias de sus admiradores.

Me presenté en los comedores y, tras exponer mis intenciones, el director de la institución me dio su permiso para entrar y entrevistar al que me lo permitiese. Me llamó la atención un extranjero que se sentaba en un rincón, tratando de pasar desapercibido. No parecía el típico indigente. Su aspecto, aunque triste, era majestuoso. Pensé que podía ser uno de esos tipos que gozan de cierto favor social, que lo tienen todo al alcance de la mano y un buen día, como consecuencia de algún vicio o una mala cabeza, lo pierden todo y se encuentran en la calle.

Me acerqué hasta él y le saludé. Me acredité como periodista y le pedí permiso para hacerle algunas preguntas.

-No, señor. No tengo ningún inconveniente.

Me senté a su lado y le pregunté su nombre.

-Aquí me llaman Pep. Mi pueblo me dio otro nombre pero debe de ser muy complicado de aprender para ustedes.

La cosa prometía. Aquel parecía ser el indigente pintoresco que mi periódico buscaba.

-¿Y por qué vino a parar aquí? Supongo que en busca de un mundo mejor.

-No. En mi aldea vivía muy bien.

Por un momento tuve una especie de visión. A lo mejor, buscando a un indigente me había encontrado con un represaliado político.

-¿Y si en su aldea vivía bien, por qué se fue?

-Lo cierto es que no me fui. Vine aquí a aprender.

-¿Un viaje de estudios?

-Sí.

-¿Qué quería estudiar?

-Lo que no se ve.

-¿Teología?

-No. De eso sabemos. Lo que no se ve. No tenemos palabra en nuestra lengua. Para nosotros es lo que no se ve.

-¿Demonios, espíritus y fenómenos paranormales?

-No. Lo que no se ve.

Como quería avanzar en la entrevista, desistí de continuar por ese camino y decidí abrir otros nuevos.

-¿Qué hacía usted en su país? ¿Para qué necesitaba los estudios?

-Yo era el jefe de mi pueblo. Su líder. Mi pueblo me había elegido para ser su líder.

-¿Llegó democráticamente al poder?

-No, no sé lo que es eso. Pasé una serie de pruebas, des de muy pequeño. Primero para ser un miembro adulto del pueblo, luego para ser jefe. Mi pueblo creyó que yo era el mejor y me eligieron siguiendo el consejo de los ancianos.

Una oligarquía, pensé.

-¿En qué consistieron las pruebas?

-En cuidar de un rebaño de vacas, ordeñarlas, saber buscar pastos, buscar buenos refugios contra las inclemencias del tiempo y los depredadores, seguir el rastro a una pieza de caza, distinguir un macho de una hembra, conocer las plantas, saber hacer una cabaña, ser buen mediador en las disputas del pueblo, demostrar mi fortaleza. Los ancianos creyeron que yo era el mejor y se lo dijeron a mi pueblo, y mi pueblo me aclamó.

Pobre bagaje cultural para regir los destinos de un pueblo, pensé.

-¿Y se sentía preparado? Piense que aquí, las personas que gobiernan, tienen una gran preparación intelectual. Se pasan muchos años en el colegio, y por lo que veo, usted no fue a un colegio. Se pasó toda su vida trabajando.

-Si. Aquí aprenden lo que no se ve. Es lo que quería aprender yo. Yo creía que estaba preparado. Mi servicio es muy importante para mi pueblo. De las decisiones que yo tomaba dependía que tuviésemos alimento para la temporada o que pasásemos hambre. La vida de mi pueblo dependía de mí. Había decisiones muy difíciles y penosas. Situaciones, como la caza, en que una mala elección podía significar perder una vida antes de su tiempo natural. Afortunadamente nunca perdí a nadie de mi pueblo en una cacería. Habría sido una tragedia perder a una sola persona.

Aquel hombre me hacía reír. Calificaba de tragedia la pérdida de una persona en una cacería. Me imaginaba cómo sucumbiría a la locura el cerebro de aquel pobre hombre, sin ninguna preparación, ante la tesitura de enfrentarse a dejar a millones de ciudadanos en paro debido a una decisión dura pero necesaria para el progreso de nuestra sociedad por parte de nuestros bien preparados políticos.

-¿Y qué motivó su decisión de venir a estudiar?

-Me equivoqué en una decisión y caí en desagracia. Permití que unas gentes de su mundo se instalasen en nuestro territorio. Eran muy simpáticos y amables. Intercambiamos regalos y les acogimos en nuestro poblado. Nos dijeron que estaban estudiando la tierra, que vivían de estudiar la tierra. Un día, abandonaron el poblado y volvieron con máquinas extrañas y empezaron a herir la tierra, a espantar el ganado, la caza, a destrozar nuestros cultivos. Me acerqué y les pregunté por lo que hacían. Me enseñaron un trozo de papel y me dijeron que aquel trozo de papel les daba derecho de posesión y explotación sobre las tierras. Que nosotros debíamos de irnos de aquellas tierras que no nos pertenecían o que nos podíamos quedar a trabajar para ellos. Mi pueblo tuvo que marcharse. Tras muchos años en aquella tierra, en relación con ella, alimentándonos y alimentándola, unos hombres, con lo que no se ve, la habían hecho suya con un trozo de papel. Yo, siguiendo el método tradicional, les desafié a un combate. Yo combatiría con sus campeones por la tierra. Me presenté con mi pueblo para el combate. Y mientras desafiaba a sus campeones, ellos mataron a tres hombres y a una mujer. Nos retiramos y perdí el favor de mi pueblo. Mi pueblo ya no me seguía, así que cedí mi servicio a otro hombre mejor que yo. Pero como deseaba recuperar la confianza de mi pueblo y tenía que lavar mi mala decisión, dejé a mi pueblo y me vine a estudiar lo que no se ve, para intentar la magia de proporcionar tierras con un trozo de papel.

Aquel hombre era un depresivo. En lugar de mantenerse firme como una roca, tal como hacen nuestros gobernantes ante la adversidad, había dimitido a las primeras de cambio y había abandonado a su pueblo, haciendo un viaje de locura, seguramente escatimando los pocos recursos que tenía su pueblo para su subsistencia. ¿Cómo se podía dejar el futuro en manos de hombrecillos sin estudios que se ahogan en un vaso de agua y dilapidan los pocos recursos de su pueblo en locas aventuras? ¡Ignorantes! Había perdido el tiempo, aquel no era mi indigente, era el ejemplo de tiempos pasados, de abusos del poder, de la ignorancia y de la ley del más fuerte. Decidí dar por terminada la entrevista, romper las notas y buscar un indigente de los nuestros, de los de siempre, como está mandado.

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