EL SABIO Y EL REY

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Hace mucho tiempo, al pie de una montaña, dentro del tronco de un árbol que se había adaptado, vivía un hombre que tenía lo necesario e indispensable para cubrir sus carnes y procurarse el alimento diario. En el interior del tronco tenía un pequeño camastro, que le hacía las veces de silla, un plato para comer y un cuenco para beber.

Vivía de su arte e industria. Algunos frutos silvestres, unos cuantos cultivos que atendía, alguna conserva que elaboraba con los alimentos que le sobraban, un poco de leche que conseguía ordeñando algunos animales que comían de su mano y con pequeños intercambios que realizaba con los habitantes de los alrededores.

También le ayudaba en su existencia diaria la recepción de ofrendas por parte de sus vecinos. Ofrendas que compartía con los mismos que se las ofrecían o con cualquiera que se acercase a pedirle su parecer sobre cualquier asunto, disfrutar de su conversación o compartir conocimientos y experiencias.

Este hombre tenía fama de sabio y sus vecinos se acercaban a pedirle ayuda o consejo. Cuando era la mejor época para determinada siembra, cómo había que proceder con un animal enfermo, qué se había de hacer para fabricar hielo y conservarlo, qué vecino tenía razón en un pleito. Incluso le consultaban sobre maquinaria y obras de cualquier tipo. Tenía fama de saber de todo, de hallar solución para todo, de resolver todo lo que se pudiese imaginar.

El mérito de este hombre, el origen de su sabiduría, consistía en observar la naturaleza, el comportamiento de lo que veía, preguntarse y razonar. Ya desde niño, cuando se sentaba con alguien no tenía ningún reparo en preguntar, escuchar atentamente y en reconocer su total ignorancia para pedir iluminación. Nunca daba como cierto lo que escuchaba de una boca, siempre procuraba comprobarlo personalmente o contrastarlo con otras voces cuando ello no era posible, y aún así, no lo daba por cierto, solo como posible o probable. Incluso lo que llegaba a experimentar personalmente solo lo daba por cierto en las condiciones en que lo había experimentado, concluyendo que en condiciones cambiantes el resultado podía ser diferente.

Entre los méritos que le atribuían sus vecinos estaba haber utilizado la fuerza del agua para mover objetos. La obtención de hielo. Un método para la conservación de la carne. La manera de trazar una recta para delimitar un campo. Un método para orientarse en la noche, según las estrellas. Incluso, algunos dicen que se atrevió a afirmar que la tierra era redonda.

Su fama se extendió más allá de las tierras que habitaba. Primero llamó la atención de otros sabios, deseosos de acrecentar su sabiduría. Pronto, entre los mismos sabios, pasó a ser un elemento de prestigio haber frecuentado su compañía, ni que hubiese sido un solo día. Si además de su visión habían logrado un intercambio de palabras aseguraban su futuro con un trabajo en una corte, al servicio de un cabildo o como asesores de cualquier grupo familiar o empresarial. Para cualquier centro de saber era todo un prestigio contar con un discípulo del sabio. Todo el mérito de un matemático para ser contratado por un centro de saber era que el sabio, que era muy educado, se había dirigido a él para preguntarle por su nombre.

La fama del sabio fue en aumento y los reyezuelos de este mundo no tuvieron bastante con tener un consejero que hubiese sido discípulo de este sabio, querían conocerlo personalmente, pedirle consejo sobre los más altos asuntos de estado y gozar de su presencia.

Los reyes y demás personajes, ávidos de poder, quedaban decepcionados ante la miseria y pobreza extrema en que vivía el sabio. Muchos se volvían sin preguntar pues consideraban que en lugar de sabio era un estúpido ya que era incapaz de vivir en la opulencia. Consideraban que un hombre verdaderamente sabio no podía vivir tan miserablemente, se habría procurado una vivienda mejor y habría rodeado su vida de confort.

Otros, los más tolerantes, preguntaban y sacaban provecho de sus soluciones para rápidamente olvidar su contribución al problema que les había resuelto. Consideraban que un hombre tan sabio podía resultar un peligro para su trono de tener posibilidades de disputárselo.

Cuentan que un día, el rey más poderoso del mundo se acercó para pedirle consejo en torno a la administración de todos los dominios que había conquistado y que deseaba conquistar. Llegó con un gran séquito y montado sobre un poderoso caballo. Le planteó lo que le acongojaba y escuchó atentamente la respuesta del sabio. Esta le complació por su sencillez y rotundidad. Siempre había estado ahí la solución, oculta por su obcequedad. Verdaderamente aquel hombre era un sabio entre los sabios. Si su mano fuese férrea sería mejor gobernante que él. Admirado, y queriendo hacer un acto de justicia se dirigió al sabio y le dijo con absoluta sinceridad:

-Pídeme todo aquello que esté en mi mano, que te lo concederé.

El sabio, por toda respuesta le dijo:

-Hazte a un lado. Tu sombra no deja que me de el sol.

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