EL PAÍS DEL DINERO

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Hace mucho tiempo, movido por mi ansia de aventuras y de conocimiento de nuevas tierras, entré en un país del que había oído hablar a unos viajeros austrohúngaros, con los que coincidí una noche en una vetusta posada del Kurbeztán.

Crucé la frontera en plena noche. Nadie me puso impedimento alguno. Ninguna traba burocrática ni ningún funcionario revisando mi pasaporte, a pesar de que me habían dicho que las medidas de seguridad eran muy estrictas y que la entrada de foráneos estaba muy restringida.

Como era tarde y tenía hambre, no había comido nada en todo el día, paré en una pasada con la intención de pasar lo que quedaba de noche y llevarme algo a la boca. A pesar de lo avanzada de la hora, el comedor estaba muy concurrido.

El maestro de sala me salió al encuentro, se presentó y tras mi petición me condujo hasta una mesa. Como tenía hambre le pedí un buen chuletón de ternera y una botella de buen vino.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi cumplida mi petición casi al instante. “Ni que hubiesen sabido de mi llegada y supiesen lo que iba a pedir pensé.” Mi sorpresa fue en aumento, de la mano de mi perplejidad y asombro. Por un instante me quedé en blanco al ver el contenido de mi plato y el de un platillo anexo. Cuando logré recuperar el habla pregunté:

-Perdone, ¿esto qué es?

-Su chuletón, señor, respondió el maestro de sala, y su vino.

-Pero si me han traído… dieciocho euros con ochenta…

-El coste del chuletón señor.

-¿Y qué hago con esto?

-Se lo come señor.

-¿Qué me coma dieciocho euros con ochenta?

-Sí, señor. El valor del chuletón.

Miré a mi alrededor y comprobé que en la mesa que tenía al lado, una señora lamía un billete de cinco euros y el señor que la acompañaba trataba una moneda de un euro como si fuese una ostra. Una mesa más allá, una señora se introducía pequeños trocitos de un billete de veinte euros como si se tratase de una ave exquisita y sus acompañantes daban buena cuenta de un billete de cincuenta, y entre dos se repartían un billete de cien.

-Perdóneme, pero soy extranjero.-El maestro de sala me miró con cierta aprehensión.- Una vez que me halla deleitado con el chuletón y con el vino, ¿qué hago?

-Pagarme el valor añadido, por supuesto. El chuletón, más el vino, el servicio, la confección, todo suma cincuenta y dos euros con treinta y tres céntimos.

-¿Se está quedando conmigo, verdad? Venga, tráiganme el chuletón.

-Lo tiene en el plato, señor.

-No, en el plato tengo el valor del chuletón. Pero yo no necesito su valor, necesito el chuletón.

-Lo siento, señor, pero se encuentra en un establecimiento honrado. Aquí no ofrecemos cualquier mercancía, ofrecemos su valor verdadero.

La vista se me fue para una mesa en que habían acabado de cenar, estaban pagando la cuenta y los clientes, satisfechos, se enrollaban billetes de diferente valor y se lo encendían para fumárselo.

-El del billete de quinientos euros, ¿qué valor fuma?

-Un habano importado directamente de Cuba.

-¿Y el habano?

-El habano es dañino para la salud y mata,-dijo muy serio el maestro de sala,-pero su valor es seguro para la salud.

-¿Y quien se beneficia de tanta estupidez?

-Señor, no hable usted así. Si le oyen puede que, dada su condición de extranjero, se contenten con encerrarle y expulsarle del país.

-¿Cómo he hablado?

-Como un niño ignorante.

-Quiere decir que los niños piensan como yo.

-Sí, señor.

-¿Y qué hacen con ellos?,-pregunté con la mosca detrás de la oreja.

-El gobierno intentó educarlos. Con algunos lo consiguió. A otros tuvo que aplicarles la solución final.

-¿La solución final?

-Internarlos en un psiquiátrico, hasta su entrada en razón.

-Tendrán los psiquiátricos llenos de niños.

-No, señor. Hace tiempo, el último niño, al cumplir la edad de veinticinco años entró en razón.

-¿Y los niños que nacen?,-pregunté

-No nacen niños. No nos lo podemos permitir. No los podemos alimentar. No hemos encontrado la manera de que puedan ingerir el verdadero valor de la comida. Hubo un científico que tuvo la idea de alimentarlos pasándoles por las encías tarjetas de crédito con el valor de la comida. Pero no resultó.

Miré mi reloj y calculé lo que tardaría en llegar a la frontera. No estaba lejos, apenas a media hora. Estaba famélico y cansado pero no me importaba retroceder sobre mis pasos antes que continuar en aquel país de locos. Al levantarme, el maestro de sala me llamó la atención:

-Señor, su chuletón.

-Guárdelo para otro cliente. No lo he tocado. Su valor está intacto.

Salí del restaurante y me dirigí hacía la frontera. Antes de salir del país, aún me dio tiempo de ver a un agricultor lanzando monedas al aire para sembrar, y a un señor que caminaba ostentosamente sobre dos billetes de quinientos euros adosados a sus pies. Ahora entendía a los austrohúngaros. Me hablaron del país, pero no de la estupidez de sus habitantes. ¿Quién en su sano juicio podría creerse una historia así?

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